Un viaje inusual en metro
Andrea Poblete, 44 años
Para el terremoto de marzo de 1985 yo tenía cuatro años y ocho meses. Iba con mi mamá y mi hermano de dos años en el Metro de Santiago.
El tren estaba en la estación Universidad Católica, ya partiendo hacia estación Santa Lucía, y justo cuando iba entrando nuestro carro al túnel, se detuvo y empezó el terremoto.
Mi mamá le tiene pánico, pero mantuvo la compostura y nos abrazó fuerte. Entre su abrazo, yo trataba de mirar hacia afuera por la ventana (íbamos sentados), porque no entendía el caos. No recuerdo que abajo se haya sentido tan fuerte.
En un momento se abrieron las puertas del tren y todos salieron. Mi mamá también quiso salir, pero mi hermano y sus 15 kilos de peso iban durmiendo en brazos, así que se arrepintió y volvimos a entrar en el carro. Ahí empezó la locura.
La gente que estaba en la superficie quería bajar, y la gente que estaba abajo quería subir. Entre los gritos, chocaban en la escala, muchos tropezaban y se caían. Entre ellos había una señora muy flaquita y de pelo cano, que insistió en bajar hasta que lo logró, pero cuando se levantó de una de las caídas que tuvo, quedó sangrando de una ceja, lo que le dio un aspecto apocalíptico.
Tuvimos que irnos caminando. Mi hermano y el bolso con las mil cosas que necesitan los niños iban en brazos de mi mamá, y yo afirmada de su falda. La casa quedaba a la altura del metro Unión Latinoamericana, y recién al meter la llave en la puerta, mi hermano dejó de ser un trapo y por fin se despertó.
Los detalles los rellenó mi mamá, pero me acuerdo perfectamente del ruido subterráneo, los gritos de la gente y lo raro de ver el carro vacío. Recuerdo que algunas personas entraron al carro comentando que arriba estaban cayendo cosas de los edificios y que abajo era más seguro.
Mi mamá nunca superó su terror a los temblores, y el del ‘85 alimentó ese pánico. Afortunadamente yo no les tengo miedo, ¡y mi hermano menos!