Testimonio María de la Luz Cox

Entrevista y transcripción: Clarita Achurra, Ignacia Acosta y María Gracia Viollier.

Este relato es parte de una serie de entrevistas realizadas en el curso «Historias de los terremotos de Chile», dictado en la Universidad de Los Andes.

En esa época vivíamos en Vitacura, en Santiago, en Alonso de Córdoba con Costanera. Yo era dueña de casa y me dedicaba a mis niños. Me despertaba, hacía el aseo y todo lo que hace una mamá. No tenía ninguna actividad fuera de la casa; estaba dedicada totalmente a la casa. Vivíamos ahí con mi marido y nuestros ocho hijos.

Recuerdo bien el día del terremoto. Estábamos viajando de vuelta desde La Serena porque habíamos ido a un almuerzo para mi hermano, que era obispo. En el auto veníamos mi marido Patricio, su cuñado Juan, mi hijo Felipe y yo. Deben haber sido las seis o siete de la tarde. Estábamos subiendo la cuesta El Melón cuando empezamos a sentir el movimiento. Pato dijo: “Chuta, pinchamos un neumático”, pero altiro nos dimos cuenta de que estaba temblando y que era muy fuerte. Paramos el auto al lado de una torre de alta tensión y no se podía seguir avanzando porque el auto se movía demasiado.

Lo más impactante fue ver cómo se movían los cerros de un lado a otro. Ahí nos quedamos hasta que terminara, mirando todo el movimiento desde afuera. Para mí fue larguísimo, quizá media hora, porque además estaba preocupada por los niños que habían quedado solos en

Santiago. En cambio, Pato y Juan estaban chochos viendo cómo se movía todo, mientras yo lo pasaba pésimo.

Cuando finalmente pudimos seguir, manejamos hacia Santiago. La cuesta El Melón en esos años era de una sola vía y en el camino nos podíamos demorar una hora y media porque era de tierra. Cuando entramos a Santiago no había luz.

Pasamos por el centro para dejar a Juan y vimos las casas de estilo inglés en Alonso de Córdoba completamente sin tejas; no quedaba ninguna puesta. Algunos árboles estaban movidos, pero a nosotros no nos tocaron ni árboles caídos ni calles rotas en el camino.

En mi casa no había pasado nada, gracias a Dios. Mis hijas venían llegando de misa, ambas tenían entre 15 y 20 años, y estaban aterrorizadas. Toda la gente estaba en la calle, asustada por las réplicas, que fueron varias después del terremoto. Nosotros no pudimos comunicarnos por teléfono porque no había luz. Fui a ver a mis papás, que vivían a una cuadra, y estaban bien. Tampoco le pasó nada grave a ninguna persona cercana.

El epicentro fue en Algarrobo, entre Valparaíso y La Serena, justamente por donde veníamos pasando. No recuerdo con precisión la magnitud en ese momento, pero sé que fue fuerte. El presidente era Pinochet y, que yo recuerde, la gestión fue buena, porque no tengo memoria de un caos largo. Los supermercados eran muy distintos a los de ahora, mucho más chicos, pero no me acuerdo si cerraron o que haya sido difícil abastecerse. Como había sido domingo, los colegios abrieron al día siguiente, aunque todavía había cortes de luz. Esta volvió durante la noche o temprano en la mañana siguiente. Se cayó la iglesia de San Lázaro, que era muy importante en ese momento, pero después se reconstruyó. También se cayó una parte de la iglesia de la Divina Providencia.

En mi caso, nadie cercano perdió su casa ni tuvo daños graves. Pero fue muy fuerte saber que la iglesia de mi infancia, a la que íbamos todos los domingos en Coinco, se había caído. De hecho, hasta el día de hoy no la han reconstruido. Cuando supimos de esto, nos fuimos para allá con mi hermana a ayudar en lo que necesitaran y llevamos frazadas para donar.

Por eso creo que este terremoto no cambió mucho mi vida; fue simplemente otro más dentro de lo que estamos acostumbrados a vivir en Chile. Yo siempre he tenido terror a los temblores, pero ya sabía cómo reaccionar. Los chilenos nacemos acostumbrados a que estas cosas pasan y uno siempre tiene esa sensación de inseguridad ante algo que no podemos controlar. Por eso, si me preguntan por el terremoto de 1985, digo que fue fuerte, sí, pero uno más dentro de lo que nos toca vivir aquí.