Testimonio de María Alejandra Jarpa

Entrevista y transcripción: Cristóbal Martin

Este relato es parte de una serie de entrevistas realizadas en el curso «Historias de los terremotos de Chile», dictado en la Universidad de Los Andes.

Para el terremoto de 1985 yo vivía en Vitacura, en la calle Leo Norte, en una casa que quedaba justo detrás del colegio Manquehue. Tenía 10 años en ese momento, estaba por entrar a quinto básico. Recuerdo perfectamente que ese domingo habíamos ido a almorzar a la casa de mis tíos, el tío Guatón y la tía Pini. Estábamos todos: mi mamá, mi papá, mi hermana Paula y mi hermano José, que era una guagua de apenas dos o tres meses, había nacido en diciembre del 84. Pasamos todo el día allá.

Lo primero que recuerdo del inicio del terremoto es un sonido enorme. Fue muy fuerte. Inmediatamente salimos todos al jardín. Hubo un momento de mucha desesperación porque mi papá trató de sacar a mi hermano chico, José, que estaba en una cunita en una pieza, y la puerta se trabó por el movimiento. Afortunadamente, lograron sacarlo y salimos todos.

Afuera, la imagen que me quedó grabada fue la piscina; el agua se salía completa por el movimiento. La casa tenía una chimenea forrada en piedra laja rosada, y vi cómo esas piedras se empezaron a caer. Fue terrible ver eso. Apenas paró, nos fuimos inmediatamente. Había mucho tráfico, muchos autos, porque no había otra forma de comunicarse más que ir a ver a la gente. Fuimos a buscar a mis primas a otra casa y luego a la nuestra.

Esa noche dormimos todos juntos en la pieza de mis papás. En mi casa, gracias a Dios, no pasó nada estructural grave, pero recuerdo una sensación muy específica: al entrar a la cocina había un olor asqueroso a vino, porque muchas botellas que estaban sobre un mueble se cayeron y quebraron.

A pesar de ser niña, entendía perfectamente que era un terremoto fuerte. En esa época la televisión tenía pocos canales, pero recuerdo que la prendimos y en el Canal 13 daban todo el rato el boletín ‘Extra, Extra’. Se veía que se habían caído muchas casas de adobe y que había gente que lo perdió todo. Aunque estábamos en dictadura, yo sentía que sí nos enterábamos de lo que pasaba; no sentí que ocultaran la magnitud del desastre, al menos en lo cotidiano.

Si lo comparo con el terremoto del 2010, la diferencia tecnológica es abismal. El 2010 ya teníamos celulares, Twitter y banda ancha móvil; la información volaba. En el 85, la radio y la tele eran lo único que teníamos para saber que el país estaba en el suelo.