Un apacible recuerdo maternal

Edgardo Loyola Neira, 44 años

Era un domingo como muchos otros. Ya se acababa el día y mi mamá Carmen me llevó a la tina para el baño necesario, luego del esfuerzo de jugar todo el fin de semana y así partir la intensa semana de jardín infantil que se me venía encima. No sé si lo habré disfrutado, pero tenía cuatro años y no había mucha elección, sobre todo en la década de los 80.

Terminada la aventura en el océano de la tina –con patito de goma incluido–, mi mami me envolvió en una toalla y me llevó a la cama grande para las cremas, limpieza y secar el pelo, que en ese tiempo tenía en abundancia (40 años rudos para mi ex cabellera).

Sobre la cama, el chal de lana cruda con cuadraditos café, beige y tiritas de los mismos colores. Arriba de la cama el mueble de madera con cremas, chiches, un cenicero de concha de locos y otros lujos de esa época. A los pies de la cama, una tele a color de 14 pulgadas puesta en el canal 4 –que era TVN en Conce–, donde estaban dando el “Jappening con Ja”, que me gustaba mucho pero no entendía tanto… Tengo borrosa la imagen del sketch, y podría casi asegurar que era de Fernando Alarcón, quizás el guaripola marchando por las calles solo y perdido de la banda, ¡muy bueno!

De pronto todo se empieza a mover muy fuerte, se cortó la luz al instante y todo crujía. Mi mamá me envuelve en el mismo chal, me toma en brazos, me abraza muy apretado, se asoma al balcón (osadía le dicen) y vemos a una persona afirmada en el mástil de la bandera abajo del edificio moverse para todos lados. Yo no entendía qué pasaba en ese momento, pero era algo nuevo. No sé cómo lo hizo mi mami, pero cortó el paso del gas en la cocina, fue hasta la puerta del departamento, la abrió y dijo “nos quedamos acá hasta que pase el terremoto”.

Mi recuerdo es no haber sentido miedo. Es más, la tranquilidad que emanaba mi mamá me hizo quedarme dormido en ese momento y me permite recordar estos hechos con una paz muy grande. Ahora, luego de tantos años, no le temo a los sismos y puedo actuar con la misma calma que ella lo hizo cada vez que se mueve la tierra donde quiera que esté. He intentado pasarle esa calma a la familia y fue gracias a Carmen Neira Muñoz, mi mejor mamá. Gracias por esa enseñanza que de manera involuntaria grabaste en mi memoria hasta el día de hoy.

Edgardo Loyola Neira, con cuatro años, 5 meses y 20 días al momento del terremoto del 3/3/1985.