Se dice que el “13” es un número de mal augurio

Ligia Quintero Parra, 49 años.

Nací en Armero, Tolima. Tenía ocho años cuando pasó la tragedia, que fue un día 13 de noviembre. Se dice que el “13” es un número de mal augurio: éramos 27 mil habitantes y solamente se salvaron dos mil, y en esos dos mil estaba mi familia.

Recuerdo las cosas muy bien. Estábamos acostados, mi hermana estaba afuera con una amiga cuando el volcán hizo erupción. Mamá y papá nos despertaron. Mamá siempre me decía: “Casi por tu culpa nos quedamos”, porque como era tan pequeña, me despertaron, y como los niños pequeños siempre buscan otra vez la camita para dormir, pues me devolví.

Afortunadamente pudimos salir a una montaña que se llamaba La Cruz. Fuimos corriendo hasta ahí. Me acuerdo que hubo una explosión, se iluminó mucho el pueblo… fue porque explotó la bomba de gasolina. Tengo muy presente que se escuchó muy feo el destrozo. Un detalle bonito fue que mamá tenía una lámpara de petróleo que llevamos ese día. Esa lámpara iluminó a muchísima gente, teníamos luz, teníamos fuego.

Al otro día nos dimos cuenta que había pasado algo muy grave. Desde la montaña se veía como agua. El sol pegaba mucho a la lava y se veía como grisácea. Ahí mis padres se dieron cuenta de toda la situación que estaba pasando. Mi papá, pues, comenzó a buscar un lugar donde quedarnos la noche siguiente.

Nos fuimos a una finca que estaba abandonada. Éramos, bueno, somos cinco hermanos, uno de ellos estaba cuidando a mi abuela. Ella se quedó en la tragedia, pero mi hermano pudo salir. Esa misma noche nos quedamos todos en esa finca. Recuerdo que la gente gritaba, lloraba. Yo me quedé dormida en un sitio donde había mucha gente.

Cuando me desperté la persona a mi lado ya no estaba, había muerto. Eso fue muy duro. La gente me gritaba y pedía agua, pedía cosas. También me quedó muy marcado una parejita de chicos llevando a su bebé en los brazos, que estaba muerto. Hicieron un hueco para dejarlo ahí… fue tenaz.

Papá dijo: “Nos vamos de aquí porque se está muriendo la gente”. Caminamos mucho desde ahí hasta Guayabal. Me acuerdo que me escapé un momentico de mi mamá para chafardear, para mirar algo. Lo que vi fue algo que no quería ver, tenía que haber hecho caso a mamá. Vi muchos muertos amontonados como en una montaña. Al final no sé qué pasó con eso, pero llevaron mucha gente ahí.

Luego nos llevaron en una mula, porque dijimos que teníamos familiares en Bogotá. Llegamos a un albergue donde nos podían ir a buscar. No nos dejaban salir, principalmente porque estaban robando niños. Nos fuimos a la casa de una familia. Vivimos en una habitación, estuvimos un año ahí. Después nos dieron una casa en Lérida, en Tolima.

El gobierno robó muchísimo. Cuando fuimos a los sitios para que nos dieran las ayudas, las cosas estaban vacías y caras. La casa nos la dieron los alemanes, en honor a un señor que murió un Armero, en nombre de él hicieron ese barrio en Lérida. Después de dos años que construyeron la casa, el gobierno nos quería cobrar un porcentaje de esa vivienda. Los alemanes dijeron que cómo nos iban a cobrar esas “chozas”, que ellos habían mandado a hacer casas de segunda planta, amobladas. A nosotros nos entregaron una casa en obra negra, mitad prefabricada, mitad en ladrillo, sin encerrar, sin ningún electrodoméstico. Por lo tanto, nos habían robado y nos querían seguir robando.

Después de eso comenzamos la vida. Mamá con cinco niños y situaciones difíciles. A mi papá le costó mucho, porque tenía su trabajo en Armero, tenía su tienda de mecánica y no vivíamos mal. Comenzamos otra vez desde cero. Lo importante es que teníamos la vida, teníamos a la familia. Pero a papá le costó mucho remontar, se tiró a la bebida, y mamá… pues ahí luchadora, valiente.

Ella siempre nos inculcó que teníamos que estudiar, porque era la forma de salir adelante. Comencé a trabajar a los diez años, los fines de semana, y pues, algo ganábamos. Lo importante es que Dios nos dio la oportunidad de empezar, de estar bien, de estar vivos.

Murieron veinticinco mil personas, se salvaron dos mil. Por lo tanto, somos afortunados, estudiamos, trabajamos. Mis hermanos tienen una familia, vivimos cuatro en España y uno en Colombia. Ya no tenemos a papá ni a mamá, se han ido a un sitio mejor.