Respetable público

Raúl Tabilo Osorio, 79 años

Desde hace dos meses el afamado Circo Internacional Gasca se está presentando en su carpa del Estero de Viña del Mar, y como buenos chilenos, la familia irá el último día a presenciar el espectáculo justamente en la víspera del inicio de clases. Los comentarios han sido muy elogiosos, y después de almuerzo partimos desde Villa Alemana a la Ciudad Jardín.

La función empieza a las 19 horas con el tradicional desfile de presentación con brillos y lentejuelas, para dar paso a la actuación de los delfines alojados dentro de una enorme piscina instalada en un sector de la pista, causando el goce de los niños con sus acrobacias. Un jocoso sketch de los payasos, y luego una mujer que hace variadas destrezas en altura sujeta sólo por el cabello, que es lanzada a ratos bruscamente por la cuerda hasta casi rozar el suelo. Nueva salida de los tonys, seguida de tiernos perritos que deleitan al mundo infantil con sus gracias.

Estamos contemplando los pequeños caninos desde nuestra ubicación en la cuarta fila de la galería, cuando comienza un fuerte remezón y se apagan las luces. Instintivamente, paso por sobre las corridas inferiores a tierra firme, que en ese momento no era tal por encontrarnos situados sobre el lecho arenoso del estero. Mi intención es recibir a mis hijos de 6 y 8 años desde la altura y, a fin de no perder pie, me aferro con fuerza en los tablones de la segunda fila.

El movimiento no para y ya rodeo con ambos brazos a mis hijos, que no entienden mucho por vivir su primer sismo. El griterío de niños y adultos es espantoso, saliendo desde todo el entorno circular. La gente busca escapar a como dé lugar, y con mi señora (ambos tenemos “sangre de horchata”), la instamos a mantenerse bajo la carpa, ya que su liviana estructura auto soportante es segura y no reviste mayor riesgo. Pero resulta inútil, porque es imposible detenerla y corre despavorida en busca de resguardo para protegerse en la desprotección.

Pasado un tiempo no medible, el movimiento tiende a disminuir, como también los gritos y llantos de angustia. Me desprendo de los tablones para liberar a los niños, giro para observar lo que estaba a mis espaldas, y diviso un inquietante oleaje en la pileta y gran cantidad de agua rebalsando por sus costados. Con la vista recorro la ahora prácticamente desierta galería y por todos lados se ve un desparramo de enseres, ropas y golosinas dejados abandonados.

Entre los pocos espectadores que quedamos dentro del recinto, divisamos a una abuelita en shock abrazada a sus dos nietecitos. La tranquilizamos y le preguntamos si tiene cómo irse. Nos dice que vive en Quilpué y no sabe cómo volver. Le ofrecemos llevarlos en el auto, pero esperaremos salir hasta que retorne la calma porque el despliegue del público es gigantesco.

Cumplida esa etapa, salimos al exterior donde aún hay luz natural. Notando polvo en suspensión debido a la arena movediza, observamos un gentío que se desplaza en distintas direcciones sin rumbo fijo, y al parecer la violenta estampida no causó lesionados. No sacamos nada con partir al estacionamiento, pues ocurre lo mismo con los vehículos. En esa espera aparece personal del circo ofreciendo pases liberados, ya que repetirán la función íntegra en los próximos días.

Emprendemos el regreso y me acuerdo que una hermana embarazada vive en Chorrillos, en un octavo piso. Nos dirigimos al edificio, la encontramos sentada en el antejardín, tranquila y sin mayores complicaciones y le proponemos volver a buscarla después de ir a dejar a los invitados para que esté con mayor seguridad en una casa, pero no acepta el ofrecimiento.

Continuamos el viaje, pero debido a la congestión reinante en Uno Norte y el consiguiente no funcionamiento de semáforos, cuando estamos detenidos sobre el puente Lusitania de Miraflores, comienza un fuerte bamboleo pendular provocado por una réplica del terremoto. Los autos danzan acompasadamente, y por un momento temo que el pavimento colapse y volvamos al nivel del estero, pero ahora sentados en butacas y no en maderos. Mis acompañantes se asustan y los calmo diciéndoles que el movimiento es producido por el avance de los vehículos que circulan en sentido contrario. Después supimos que el zangoloteo aquel fue la réplica del sismo de más alta intensidad de la seguidilla, incluso con caracteres de cuasi terremoto.

En la radio del auto, a muy bajo volumen, sintonizo una de las pocas emisoras que se encontraban al aire. Los mensajes que van recibiendo dan cuenta que el sismo fue percibido en gran parte del país, cuyo informe sobre magnitud y epicentro va variando continuamente. A las horas, escuchamos el reporte definitivo y nos enteramos que la localización central en que ocurrió estaba ubicada a escasos kilómetros de donde nos sorprendió el terremoto.

Finalmente llegamos a Peyronet, donde los afligidos padres esperan a sus hijitos bastante consternados y agradecen el gesto solidario que tuvimos. Previo a irnos a nuestra residencia pasamos a ver el estado de la familia paterna que vive en El Retiro. Era un verdadero caos, y al contarles sobre la situación de la futura mamá primeriza se ponen histéricos, exigiendo ir a buscarla mientras ellos pueden quedar al cuidado de nuestros hijos. La reacción es totalmente opuesta a la nuestra, y al menor temblorcito que sienten se alarman destemplados.

Ante ello volvemos a Chorrillos incluyendo los niños, con el propósito de traernos a la hermana a una casa. Pese a insistirle que la familia se encuentra muy inquieta y que es por su bienestar en caso de emergencia, nuevamente se niega, por lo que aprovechamos de visitar a una tía de avanzada edad que vive en Santa Inés, en una casa de material sólido pero su aspecto se nota frágil.

Tras el largo peregrinar ahora sí nos encaminamos a Villa Alemana para constatar, en primer lugar, el estado de la familia materna y después directamente a casita, encontrando en la calle a los vecinos preocupados por nuestro inquietante no retorno.

Ni pensar en llamarlos para avisarles, ya que las comunicaciones no eran las mejores y, por tanto, imposible conseguir línea. Nos prestan linterna para dar un vistazo al interior de la casa y, por cierto, no hay electricidad, tampoco olor a gas. Por la llave fluye un hilito, que es el agua depositada en las cañerías. Felizmente sólo están destruidos pequeños objetos de adorno.

Por la escasez de agua, en mi empleo se adoptó el trabajo en media jornada, ya que el casino no podía funcionar y luego de la labor, dos veces a la semana, concurrí a ducharme a mi club de tenis que tiene pozo para el riego de canchas y jardines, objetivo que cumplí después que los bomberos llenaran el estanque de sus carros para la distribución del líquido en la población.

El suministro eléctrico volvió en una semana (iba al centro para ver las noticias con imagen en la tele), los colegios inauguraron el año escolar sólo al contar con los servicios básicos de cada uno y el agua retornó al mes; período en que hicimos uso de un pozo de un vecino, accionado mediante un molino de viento que, dicho sea de paso, es el símbolo de la ciudad.

Tras cuatro semanas volvemos al circo para ver el espectáculo completo y, siguiendo el mismo orden, después de los perritos se presenta una pareja de arriesgados motoristas que hacen peripecias a alta velocidad dentro de un globo metálico. La pregunta que cabe es, ¿qué hubiera sucedido con los pilotos en medio de sus evoluciones y el sismo en plena evolución? ¿Ah?