Platos rotos

Alejandra Rodríguez, 47 años

El 5 de marzo de 1985 yo tenía 7 años, vivía en la Tercera Transversal casi esquina Octava Avenida,
en San Miguel. Mi casa estaba emplazada en un gran paño de propiedad de mis abuelos; ellos vivían
en la esquina, en “la casa grande”. Por la Tercera estábamos nosotros, en la casa chica; todos
comunicados hacia adentro por un patio central adornado por un almendro, una higuera, un nogal
y varios cachureos.

Ese día sólo estábamos nosotros; mis abuelos, mis tías separadas y mis primos se habían ido a la
casa de la playa. La casa grande estaba vacía.

Estaba jugando en mi pequeña casa, andando en bicicleta en mi angosto patio, cuando de repente
empezó a temblar; mis papás nos llevaron de inmediato al patio central, porque los altos muros de
los vecinos estaban más lejos, nos abrazamos mientras el almendro se azotaba furioso, y la
pandereta de la Chabelita parecía ondear. De súbito el movimiento se detuvo.

Fuimos a nuestra pequeña casa y había algunos maceteros rotos, un par de tazas en el suelo, nada
grave; sin embargo, en la casa grande era otro el panorama. La vieja vitrina de la bisabuela, esa
donde se guardaba la loza fina y las viejas copas de cristal para agasajar a las visitas, había abierto
sus puertas de par en par para dejar casi toda la elegancia de aquella casa hecha pedazos. Y mi padre
hizo el favor de barrer.

Pasa que a veces nunca compartimos lo mejor que tenemos con quienes están más cerca, ya sea
tiempo o amor, porque en la cotidianeidad llegamos a encontrarlos indignos de agasajo y honores,
hasta que llega un terremoto y toda tu alcurnia termina hecha pedazos. En esos momentos es
cuando la gente dispuesta a barrer los platos rotos es imprescindible.