Nunca más volvimos a nuestra casa

Marcia Llanos Ortiz, 51 años

El 3 de marzo de 1985 tenía 11 años y nos encontrábamos de visita en Valparaíso, en casa de mi tía Yudy, junto a mi madre Grima y mis dos hermanas Isabel y Johanna. 

Nos íbamos. Mi hermana Isabel empezó a caminar adelante, mientras nos despedíamos de la familia. 

Comenzó el terremoto. Con la desesperación, mi madre no encontraba a mi hermana Johana y se devolvió a buscarla dentro de la casa. Era una vieja casa de adobe. Mientras el movimiento telúrico continuaba, la casa comenzó a derrumbarse como torre de cartas de póker. Mi madre con los nervios y el susto se detuvo en el marco de la puerta, imposibilitada de seguir caminando. Con las pocas fuerzas que a esa edad tenía, la arrastré hacia el patio, viendo como tras ella caía la casa. 

Una vez todos a salvo nos abrazamos, vimos caer las casas de nuestros vecinos, brotar cortinas de polvo aún iluminadas por los últimos rayos de sol. El paisaje cambió, ya no habían calles, todo era escombros. La gente levantó carpas improvisadas en las veredas e hizo fuego con las mismas maderas de restos de sus casas. En casa de mi tía Yudy se sacaron los sillones y colchones al patio, y bajo una gran lona de camión, estuvimos viviendo varias semanas.

Mi casa estaba al pie del cerro, en Nueva Aurora. A los días de ocurrido el terremoto, mi madre y mi tío Óscar fueron a ver cómo había quedado nuestro hogar, en Viña del mar. El cerro se encargó de sepultar la casa, rescataron algunas cosas para poder comenzar nuestra nueva vida post terremoto en el Cerro Ramaditas. 

Desde ese domingo 3 de marzo nunca volvimos a nuestra casa. Fue el impulso y la motivación para empezar de nuevo como porteñas.