Nadie previó la naturaleza de un volcán

Víctor Hernán Cubillos, Geólogo

Hace 23 años vivo en Canadá, en este momento en Vancouver, pero el 13 de noviembre de 1985, cuando era estudiante de cuarto semestre, estaba aquí en Armero. Nosotros llegamos por una práctica de paleontología, no íbamos para Armero, sino que la práctica era más allá de Ibagué, que es bastante alejado. Por cosas del destino, por un retraso, por un cambio inesperado e improbable de nuestro programa, terminamos pernoctando en Armero, instalados en una residencia para dormir y seguir al otro día a cumplir nuestro itinerario.

Justamente esa noche fue la erupción y desapareció la ciudad. Yo me salvé porque la residencia donde estaba fue arrasada, pero logré acomodarme en un pedazo de terraza que quedó. Estando en el segundo piso logré subirme hasta ahí; esa terraza me sirvió como balsa y me propulsó hasta el área del cementerio que era la ladera, la zona de piedemonte y de tolerancia. Así pasó la primera noche. Luego, al otro día, me tocó movilizarme hacia los cerros de enfrente, a través del lodo y colgado de un cable. El viernes siguiente, hacia el mediodía, me rescataron y me llevaron a salvo, me atendieron y me hospitalizaron.

Como estudiantes teníamos conocimiento somero de lo que era la amenaza volcánica, conocíamos el mapa que se había producido en el mes de octubre de 1985 y teníamos una vaga idea de lo que era un lahar. Eso fue un gran problema, la gran debilidad de esa tragedia, pagamos el precio de la ignorancia y nuestro atraso científico en ese momento porque la facultad nuestra y otras que funcionaban en Colombia en ese tiempo, estaban más que todo dedicadas a otras aplicaciones de la geociencias como el petróleo, la exploración minera, un poco la geología pura, pero ninguna estaba dedica a explorar los volcanes, entonces no entendíamos cual era la magnitud, las dimensiones y la naturaleza misma de un lahar.

Por eso cuando ya entró el torrente a arrasar la ciudad, yo que estaba en un segundo piso ingenuamente pensé que iba a ser una inundación porque nos habían hablado de un deshielo, nos habían dicho que cuando el volcán hiciera erupción una parte del casquete glaciar se iba a fundir, bajar por los valles encañonada y llegar al abanico de Armero, pero pensamos que era en forma líquida, yo particularmente esperaba un flujo de avenida torrencial. Pero lo que vimos fue un lahar potente que era más sólido que líquido, eran bloques de escombros de todo tipo, tenía la potencia de destruir desde los cimientos y eso fue lo que pasó con el hotel donde nosotros estábamos.

El rescate fue muy desordenado, muy caótico, porque desde el primer día no había recursos suficientes, helicópteros que no podían aterrizar por el espacio restringido que existía, no había vehículos anfibios que pudieran navegar ese lodo y se tardó mucho la evacuación debido a eso. La navegación de esos terrenos fanegosos fue muy ardua, fue muy primitiva, y por eso mucha gente no se pudo salvar, incluyendo a Omaira.

Finalmente, la importancia de la memoria es capital, porque Colombia no ha vivido una tragedia similar en toda su historia. Armero es el mayor desastre en toda su historia, con un saldo mayor a 25 mil víctimas. Entonces, primero no podemos olvidar, dejarlo de lado, ignorar y darle la espalda. Es una lástima que el cementerio y las ruinas de las casas que quedaron intactas no se hayan preservado, protegido o cercado a tiempo y que las hayan vandalizado, saqueado y destruido. Lo que vemos en Armero son ruinas y apenas está comenzando un trabajo de divulgación y un poco de rescate patrimonial, pero demoramos 40 años.

Yo me he comprometido a reafirmar la memoria, a reivindicar y homenajear a las víctimas y a educar a las nuevas generaciones para que sepan lo que pasó en Armero y que esa página tan importante de la historia de Colombia permanezca siempre vigente.