Mi afición a la sismología gracias al terremoto de 1985
Claudia Rossi Rossi, 47 años
Tenía apenas siete años, era domingo. Almorzamos en casa y, posterior a eso, mis padres decidieron ir al centro de la ciudad de Talca a comprar helados al local San Agustín. Era un día normal, había sol, las familias circulaban por todas partes.
Hicimos la fila esperando nuestro turno, mi papá pagó y luego se dirigió a pedir nuestros helados, cuando de pronto, comenzó el movimiento. Mi madre, quien siempre ha reaccionado muy mal ante los sismos, gritaba descontroladamente y corrió hacia la calle, por donde circulaban los vehículos; mi padre la tomó con fuerza y la zamarreó para que volviera en sí, pero fue en vano…
Yo observaba, miraba a mi alrededor, veía la reacción de las personas: abrazos, llantos, rezos, lamentos, algunos incluso pedían perdón, entre tantos otros…
Me aferré a un farol de fierro y me fijé en los cables del tendido eléctrico, en los vehículos tocando la bocina, en cómo se desprendían algunos adornos de las casas antiguas que había en esa zona. Sentía un ruido subterráneo y el movimiento era el más grande que había vivido hasta entonces.
Se hizo eterno, cuando terminó ni siquiera fuimos capaces de pedir nuestros helados y nos fuimos. Mi madre lloró todo el camino, estaba en shock. Me llamó mucho la atención que la misma calle por la cual habíamos caminado hacía un par de minutos ya no era la misma, había focos quebrados, cosas colgando, mucha angustia en el ambiente, vehículos circulando rápido, cortes de luz (por los semáforos). No entendía qué evento tan grande podía haber sucedido bajo la tierra para generar todo este caos y confusión.
En esos años no existían los celulares, nuestra casa era muy antigua, de adobe, el primero en colapsar en estos eventos. No teníamos noticias de ninguno de nuestros familiares (mis abuelitos y una tía con discapacidad). Fueron siete cuadras de caminar con angustia, en silencio, con réplicas y ruidos subterráneos.
Llegamos a casa, el reencuentro fue muy emocionante: abrazos, llantos, alegría y ansiedad. Mis seres queridos estaban bien, a salvo. La casa sufrió daños, bastantes en realidad. Un muro quedó a punto de caer y posteriormente debieron demolerlo, tenía cinco metros de altura. La casa se resintió mucho, daba terror entrar ahí, pero sobre todo… daba pánico seguir viviendo ahí.
Esa noche con mi madre nos fuimos a la casa de una amiga de ella, ahí se refugiaron varias familias y dormimos en el living comedor. Fue una noche larga, de muchas réplicas, pero recuerdo una en particular, muy fuerte, la cual hizo que termináramos durmiendo con colchones en el antejardín de aquella casa. Era una casa más moderna y no era de adobe, nos sentíamos seguras.
En esa réplica nocturna, creo que la más fuerte de todas, me fijé nuevamente en mi entorno, en la reacción de la gente: nuevamente abrazos, rezos, lamentos, pánico. Además observaba los cables del tendido eléctrico, los techos de las casas, todo eso me llamaba la atención.
Ese día mi visión de niña hizo que me cuestionara muchas cosas, hacerme preguntas que nadie me sabía responder: ¿vendrá otro? Yo quería saber qué estaba pasando bajo nuestros pies, tener la certeza de qué hacer en caso de otro evento, saber cuándo. Y desde ese día comenzó una afición por este tema en particular, hasta el día de hoy, que me ha permitido participar en varios congresos geológicos y poder formular todas mis preguntas a los verdaderos expertos.
En esos días comenzaba el año escolar. La mitad de mi colegio colapsó por el terremoto. Recuerdo que nos cambiaron de sala, pero yo observaba por la ventana cada día el trabajo de demolición, polvo, escombros, maestros y destrozos que había provocado. Ese año fue muy ruidoso, debimos lidiar con las materias de los profesores y los ruidos constantes de los maestros que se esmeraban en terminar pronto las obras. El polvo inundaba las aulas, así como también, las innumerables réplicas que nos acompañaron por varios meses y todo el plan que se aplicaba en el colegio en temas de evacuación, se transformaron en una constante.
El tema principal al iniciar ese año escolar fue dónde estábamos para el terremoto y nos llenamos de relatos. Cada uno contaba su mejor historia, a la mayoría no afectó sus viviendas, en mi caso sí y eso lo volvió más triste, me sentí incluso diferente.
Fue impactante ver cómo mi colegio estaba en ruinas, de un momento a otro todo se derrumbó, tal vez habrán colapsado libros, cuadernos y tantos recuerdos de alumnos que alguna vez pasaron por esas aulas. Además, mi colegio tenía una Iglesia con segundo piso. Este último también fue demolido. Ya nunca más fue el mismo, luego todo se transformó en cemento, había perdido su esencia, el terremoto se la llevó.
Lo usual por esos días era encontrarse con personas conocidas y preguntar por las casas de cada uno, si habían sufrido daños. Fueron tiempos difíciles. Cuesta reconstruir.
Gracias al terremoto de 1985 algo no sólo movió la ciudad y algunas regiones de mi país, sino que también despertó mi curiosidad de niña por la ciencia.