Memoria desde el sexto piso
Tair Dolores Terán Guerrero, 50 años
Eran las 7:19 de la mañana del jueves 19 de septiembre de 1985. Yo tenía 10 años. Como cada mañana, mis hermanos —de 8 y 6 años— y yo salíamos a las 7:10 para tomar el autobús escolar, que pasaba frente al edificio Nuevo León, donde vivíamos, en el sexto piso, en Tlatelolco.
Hace 40 años, durante aquel terremoto, mi familia fue damnificada. Una de mis hermanas, Alondra —la gemela de Daniela—, murió entre los escombros del edificio. Tenía cinco años. Alondra y Daniela eran gemelas idénticas. Siempre estaban juntas. Dormían juntas. Pero ese día, Daniela se despertó antes y fue con mi mamá al comedor, donde ella cocinaba el desayuno, la segunda ronda, porque los que íbamos a la escuela ya habíamos desayunado. Corríamos por el estacionamiento rumbo a la calle, a esperar el autobús.
Mi papá dormía. Alondra también. Cada uno en su recámara, en lados opuestos del departamento.
Cuando comenzó el sismo, mi mamá corrió a la habitación para estar junto a mi papá. No despertó a Alondra; no quería asustarla. Ese era el plan de emergencia en ese entonces: mantener la calma, estar juntos.
El edificio se desplomó hacia el lado donde dormía Alondra. Mi papá, mi mamá y Daniela quedaron mirando el cielo, atrapados en un espacio improbable entre bloques de concreto. Agujeros imposibles, como túneles de gusano, los sostenían precariamente entre las entrañas de la mole colapsada.
Hace 40 años, ¿fue ese el sismo más fuerte, el más devastador? No lo sé. Lo que sí sé es que, desde entonces, estamos rotos. Como todos los sobrevivientes de aquella tragedia. Como la Ciudad de México misma. Cada sismo que ha venido después me quiebra un poco más. Me gustaría decir que se supera, pero no. Ustedes que también lo han vivido, lo saben: no se supera. No se nos va el miedo. No se nos cura la mortalidad.
Y pienso, pienso mucho… ¿Qué ha pasado en estos 40 años? No solo en términos de políticas públicas, de reglamentos o nuevas técnicas de construcción, ni con esos ingenieros y arquitectos especializados en levantar edificios en esta zona lacustre y frágil que es nuestra ciudad.
¿Qué ha pasado con los ciudadanos que, para estas alturas, ya cargamos con décadas de experiencia en la devastación? ¿Qué pasa con los muertos que aún esperan ser encontrados?
Creo que el gobierno y sus políticas públicas han fracasado. Parcial o totalmente, da igual. El hecho es que la ciudad sigue siendo igual —o más— vulnerable. Y sus construcciones deben resistir no uno, sino miles de sismos al año. Vivimos en una ciudad donde cada metro libre de construcciones es un lujo, y donde el suelo se hunde hasta 40 centímetros por año en algunas zonas del norte, por la sobreexplotación del agua subterránea.
Nosotras y nosotros, la sociedad civil, tenemos que demostrar que la prevención salva vidas. Que la organización comunitaria no es un lujo, sino una necesidad. No solo debemos actuar para rescatar cuerpos entre los escombros. También debemos dejar memoria. Una memoria digital y pública que registre lo podrido de esta ciudad, sus construcciones fallidas y los constructores sin escrúpulos que priorizan la ganancia por encima de la vida.
Los escombros no deben removerse a la ligera. Aunque nos duela ver esta ciudad chatarra, aunque ya no quede vida bajo los escombros. Los desaparecidos, esos que nos convierten en muertos en vida, nos siguen reclamando.
En 1985 yo tenía 10 años. Fue casi dos meses y medio después del sismo cuando, gracias a que el cantante Plácido Domingo tenía familiares en el mismo edificio, la Brigada Topos encontró el cuerpo de Alondra. Dos meses de incertidumbre. De no saber si había sido rescatada, si estaba extraviada, si alguien la había confundido. Fueron días en los que descubrí la miseria humana. La del gobierno. Y también la de ciertos sectores de la sociedad civil. Gente que llamaba a casa pidiendo dinero a cambio de información, siempre falsa.
¿No quieren que sus hijos sepan de esta tragedia, que es la de México entero cada vez que hay un sismo?
Yo, por el contrario, quiero hacer hasta lo imposible para no dejar a mis hijas —ni a las hijas de sus hijas— una ciudad chatarra hundida en la miseria humana.

Foto: Vista desde el sexto piso de un edificio similar al Nuevo Leon en Tlatelolco, CDMX, México. 2024 (fotografía hecha por Tair Terán)