Me limpié los ojos varias veces porque seguía viendo el paisaje gris
Juan Carlos Cubillos Santos, 46 años. Entrevista y transcripción: Johan E. Craig Santos
Ese día me quedé donde mi abuelita paterna, Lola, que vivía en el mismo barrio de mi otra abuelita, Gilma, en el barrio 20 de Julio. Durante gran parte del día escuché en la radio local sobre la caída de ceniza y que debíamos estar tranquilos, que prendiéramos los ventiladores y nos cubriéramos la nariz con paños húmedos. Ya en la noche me acosté a dormir, después de un día de rumores sobre una posible creciente del río Lagunilla. De un momento a otro, y sin tener noción de qué hora era, escuché que golpeaban duro la puerta: era mi tía Tato, diciendo que se había venido el volcán. Ella me alzó y salió a correr; nos detuvimos un momento en el parque del barrio a rezar el Padre Nuestro, cuando pasó un conocido y le dijo a mi tía “Tato, su mamá (Gilma) ya está arriba en la montaña”. Entonces cruzamos el parque y pasamos por una obra de alcantarillado, pisamos en falso y caímos en una alcantarilla, mi tía me levantó y seguimos corriendo por la avenida principal.
Pese a la oscuridad, vi carros que pasaban a toda velocidad, gente corriendo y gente llorando. Llegamos a la montaña y todo era oscuridad. Sentimos estruendos que hicieron estremecer la montaña, se escuchaba a las personas pedir auxilio… Esa noche llovió muy fuerte y algunas personas nos taparon con lo que encontraron para que no nos mojáramos. Me quedé dormido y, cuando desperté al otro día, miré hacia el frente y todo era gris. Me limpié los ojos varias veces porque seguía viendo el paisaje gris. Mi tía estaba junto a mí, le pregunté: “¿Tía, qué pasó con Armero?”, y ella me dijo: “Papito, Armero desapareció”. Recuerdo que lloré y, en medio de ese llanto, miré a quienes, al igual que yo, habían sobrevivido. Veía personas sin brazos, muy mal heridas; un hombre, ante la incapacidad de hallar alguna información sobre su familia, se lanzó al lodo.
Pasaron los días y tuve un recorrido junto a algunos de mis familiares por Lérida, luego Ibagué, después Cali y, por último, Bogotá, donde nos asentamos permanentemente. Fue difícil vivir en Bogotá, no por el clima, sino por el ruido de los aviones, que se asemejan a los estruendos que aquella noche producía la mole que acabó con Armero. Aún hoy, después de 40 años, los ruidos fuertes me atemorizan como ese 13 de noviembre de 1985.