Los topos fueron todos los mexicanos
Benjamín Insunza González, 72 años. Miembro fundador de la Brigada de Rescate Topos de Tlatelolco, Ciudad de México.
¿Cómo empieza mi historia? En el ‘85 ya era una persona adulta de 32 años. Me acababa de casar y mi esposa estaba embarazada. Vivíamos en una colonia que se llama Iztapalapa y mi madre en una que se llama Portales. Cuando pegó el terremoto se sintió duro, pero en Iztapalapa no fue tanto.
Agarré mi carro y recorrí dos colonias para llegar a la casa de mi madre. Cuando llego veo que todo está bien, me encuentran dos amigos que me dijeron que entre la parada del Metro de Portales y Villa de Cortés se cayó un edificio donde vivía un compañero de infancia. Fuimos a ver por curiosidad.
Cuando llegamos al lugar, el edificio estaba colapsado. Salió el ingeniero Rodolfo Lorna y con un altavoz comenzó a pedir ayuda a albañiles, electricistas, carpinteros y gente que supiera cortar con equipo de oxicorte. En ese tiempo yo era herrero soldador. Mi primer pensamiento fue pensar en mi esposa embarazada, pero me pregunté: ¿cómo es posible que le esté pasando a otras gentes y que yo no pueda ayudar? Entonces me presté para poder cortar varillas y columnas. Para ese entonces eran las 11:30 hrs. de la mañana, el terremoto fue a las 07:19 de un día jueves.
El sábado cambió mi vida. Alrededor de las 1 o 3 de la tarde nos tocó rescatar a una niña de un año seis meses. Yo no sabía si iba a tener la capacidad de hacerlo. Ahí me dije “esto vale la pena, soy voluntario”. Estuvimos trabajando una semana, terminamos las labores del rescate y se sacaron varias personas fallecidas.
La llegada a Tlatelolco
En la delegación Benito Juárez, donde pertenecía la dirección de mi madre, me pidieron mis datos. Me habló el hijo de Plácido Domingo, Pepe Domingo, y me dijo que si me podían integrar a los amigos de Tlatelolco. Llegué a San Antonio Abad, donde estaban las costureras del ‘85. Ahí conocí a los topos. Ellos ya venían de Tlatelolco, donde se había formado un grupo. Nadie se conocía, ni yo los conocía. Originalmente éramos 25, dos mujeres y los demás hombres. Eran todos voluntarios, había un mesero, uno de plataformas marinas, un albañil, un licenciado… era gente que no tenía nada que ver con el rescate. Entonces me integré a la brigada de rescate de topos de Tlatelolco.
Iniciamos nuestra labor de ayuda en San Antonio Abad, donde desafortunadamente llegamos tarde, porque encontramos escenas muy tristes, donde hubo gente que se pudo haber salvado. Pero no teníamos la capacidad en México, ni tampoco sabíamos qué era la protección civil o qué implicaba un rescate. Los primeros días no teníamos lámparas, nuestras herramientas eran un pico, pala, marro, martillo, cincel y una barreta, que le llaman “pata de chivo”. Hacíamos lámparas en unas cajitas de plásticos donde nuestras mamás hacían gelatinas. Conseguimos un poco de alambre, lo introdujimos en la tapa de las cajitas, le pusimos papel aluminio y metimos por el poliducto el cable. Le pusimos las pilas y con un clavo hicimos contacto.
¿Hasta dónde pueden llegar las ganas y el deseo de ayudar? Fue todo artesanal y muy ingenioso también. Sí, porque ahí es donde se desprende todo lo que podemos hacer por nuestros semejantes. No sabíamos nada de cuerdas, de arneses, todo lo hacíamos empíricamente con cuerda. Nos amarramos los cinturones que nos prestaron de la Comisión Federal de Electricidad.
La prensa comenzó a ver que en Tlatelolco entraban mis compañeros por los túneles y salían por las ventanas rotas, entre columna y columna. Ahí nació el nombre de topos.
En Tlatelolco hicimos rescates y, desafortunadamente, encontramos unas costureras. El edificio era de cinco pisos; dos cayeron de arriba y compactaron a las mujeres. Adentro había como 16 personas, pudimos rescatar 10 ya fallecidas. Algo que me impactó mucho fue una jovencita que traía un vestido blanco de bolitas negras y la encontré comprimida, agachada, con sus manos rezando.
Durante y después del sismo la ciudad era un caos, la gente estaba llorando y gritando. Ahí es donde conoces el olor a la muerte, porque ibas por las calles y olía a muerte, olía a cadáveres.
Nunca se deja de ser topo
Después de septiembre, octubre y hasta noviembre seguimos haciendo labores de rescate.
Los topos en ese momento fueron todos los mexicanos y mexicanas, porque no solo fuimos un grupo de 25 personas. Hubo gente valiosísima, que salió a mover una piedra, a llevarnos de comer, a llevarnos agua, a meterse dentro de los escombros…
Para el terremoto ya era una persona adulta, pero nunca había tenido la oportunidad de ayudar de esa manera. Y ahora, después de cuarenta años, siento orgullo de haber salvado gente con vida.
Soy padre, soy abuelo, soy esposo, fui hijo, tengo hermanos, tengo familia y sigo siendo topo. He estado en diferentes terremotos y mi compromiso es seguir sirviendo hasta donde mis fuerzas lleguen.