Historia del terremoto de 1985

Andrea Alfaro, 50 años

Yo tenía 11 años, y como cada domingo, me encontraba en el negocio de la hermana más joven de mamá, en el corazón del Cerro Alegre. Estábamos agotados con el ajetreo de preparar, hornear y vender empanadas a la vecindad, que con ansias esperaba el riquísimo producto. Mi madre había estado desde la tarde anterior preparando el pino de las empanadas, de carne y mariscos, pelando cebollas, cocinando sin pausa. Así el domingo sólo amasaban y horneaban. Ese horno convertía la pequeña cocina en un verdadero sauna.

La tarde pasó apacible, salí con mi hermano y primo a caminar por los alrededores, unos cuantos juguetes a cuestas, caminamos por las callecitas empedradas, nos deteníamos en alguna escalera para descansar o improvisar un camino de autitos. Cerca de las 18.00 hrs. empezamos a devolvernos.

El negocio estaba igual de lleno de personas, estando frente a un edificio de más de 15 pisos era evidente la cantidad incesante de gente yendo y viniendo: “Me vende una chelita? Hace tanto calor vecino”, “Vecina, ¿le quedaron empanaditas para la once?”; “Vecina, ¿a cuánto tiene el cigarrito suelto?”

Estábamos con mi hermano en la entrada del negocio, mirando la vista hacia el Paseo Yugoeslavo, y más allá, parte del Muelle de Valparaíso. “¿Bajemos a la plaza?”, “No sé- dijo mi hermano-. No creo que nos den permiso solos”. Yo tenía ganas de ir a esa plaza, los árboles tenían unas locas formas que invitaban a subir en ellos sin remedio. Intentaba pensar cómo hacer para que nos autorizaran la aventura, cuando empezó el movimiento.

Mientras primero tomaba conciencia del ruido de la tierra, mi madre nos abrazó a mi primo, mi hermano y yo, con una fuerza que empezó a ser sofocante. Cuando pude soltarme un poco, noté que las casas de enfrente se deslizaban cual niño en un tobogán, del extremo derecho al extremo izquierdo de mi vista, y la casa de marco verde y la antigua puerta de madera, de pronto estaba muchos metros hacia el mar, o más arriba hacia el cerro. Era un extraño desfile de casas que bailaban como en un carril o cinta deslizadora. Logré zafarme de los brazos de mamá, y me asomé un poco más hacia afuera del negocio. Cuando miré hacia el mar, la onda del sismo cambió y se había vuelto más ondulante. Hoy comprendo eso, pero en el momento lo que vi fueron los automóviles “saltando” como si estuviesen en una cama elástica. La Citroneta de mi tío destacaba en esto de los otros automóviles. “Se van a ir cerro abajo los autos”, yo pensaba.

De pronto, caí en cuenta de que había mucha gente gritando y llorando alrededor. El ruido me obligó a mirar en dirección hacia el edificio Montealegre. Se movía como una vara de goma, de un extremo al otro según los movimientos del terremoto. En mi mente lo único preocupante era la figura de un anciano asomado en el balcón del último piso, “¿Qué hace ahí? se va a caer!”… Miro a mi mamá buscando a quien transmitirle mi temor, pero ella estaba con los ojos cerrados, abrazando a mi primo de un año y meses, que ya estaba medio asfixiado y llorando. El movimiento empezó a cesar, a calmarse, “Mamá, suelta al niño, está muy apretado… mamá suéltalo, por eso llora”… mi madre abrió los ojos, nos miró, soltó de a poco al pequeño y se lo entregó a mi tía. En ese momento, y al unísono, mis tíos, mi mamá y yo nos acordamos de lo mismo: “¡¡Mi Tía!!”… la hermana mayor de mi madre, la que siempre se desmayaba cuando había temblores, estaba en nuestra casa absolutamente sola. No sé cómo, pero en menos de 10 minutos cerramos el negocio, y estábamos camino a mi casa en la misma Citroneta que unos minutos antes, casi se va cerro abajo.