Hamaca austral

Luis Reyes Ochoa, 63 años

Debo reconocer que, a mi edad, los recuerdos se traslapan unos con otros, la cronología no es tan exacta, los personajes, contextos y situaciones se van reordenando, re articulando, acomodando, con la selectividad propia de la memoria, teñidos de afecto, melancolía, saudade y olvidos involuntarios. Y que tal como señalara en su momento Gabriel García Márquez, “la vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla”. Planteada esa consideración, me aboco a la tarea de recordar una situación tan trágica como frecuente, cada cierto tiempo en la vida de la mayoría de los chilenos, pero no por ello, menos impresionante, dolorosa y significativa como para recordarla 40 años después.

Rememorar el terremoto del domingo 3 de marzo de 1985, es un gran ejercicio para la memoria. Tratar de recuperar esos personajes, contextos y situaciones obliga a focalizar y agudizar la evocación, procurando sincronizar el tiempo, el espacio y los personajes, para ser lo más fiel posible a los hechos y la percepción y emoción con que los viví en ese momento tan intenso, para recuperar y traer al presente en el relato escrito, esa experiencia que vivimos como personas y como sociedad, y que marca a generaciones y nos hace presentarnos como país en un mapa, ante el mundo, como una larga y angosta faja de tierra que simula, cada vez que tiembla, una hamaca austral.

Yo tenía en esa época 23 años, vivía con mi familia en la recién fundada comuna de Peñalolén, previamente territorio parte de Ñuñoa, en la franja precordillerana de Santiago, que hoy sabemos está asentada sobre la falla geológica de San Ramón. Que Dios nos pille confesados. Vivíamos en la parte norte de la comuna, casi en el límite con La Reina, zona de poblaciones que se forjaron con el esfuerzo de trabajadores que colonizaron esos ex territorios agrícolas por allá por los años 60 y 70, por familias que provenían de provincias, mayoritariamente del sur, que probablemente traían en la memoria ancestral, los terremotos de Chillán en 1939 y de Valdivia en 1960.

Ese domingo habíamos ido junto a mis padres a visitar a unos tíos y su familia a Barrancas, hoy Pudahuel. La verdad es que no recuerdo los detalles de cómo fue ese almuerzo familiar, probablemente comimos humitas, pastel de choclo, porotos granados o una rica cazuela, pero no tengo dudas que fue fraterno y de compartir con la tía, hermana de mi padre, con el tío que era su compadre, nuestra madre, –ellos cuatro, tenían en la memoria el terremoto de Illapel del 71– las primas y los primos, con los cuales nos unía una rica historia familiar, con comida rica y algún vinito para celebrar el encuentro, que tenía su mérito hacerlo, ya que había que cruzar gran parte de la capital para concretarlo.

Esos encuentros dominicales acontecían un par de veces al año, ya que permitían no solo alimentar el organismo, sino que alimentar la fraternidad familiar, que era un valor tan apreciado. Tanto nosotros íbamos a visitarlos, como también ellos nos visitaban, y yo esperaba con entusiasmo esos encuentros. Al igual que mi familia, ya que permitían compartir con parte de la familia ampliada, que quizás fue un legado que nos dejó nuestra abuela paterna, Natalia, que ya había partido cuatro años y medio antes producto de un cáncer gástrico. Pero eso es otra historia.

Ese día domingo me devolví antes que mis padres en el transporte público, primero en el micro Tropezón 5 y después el micro 22, Villa Naciones Unidas, ya que me había comprometido a juntarme con mi polola, Poly, en Peñalolén Alto, más arriba de la calle Río Claro (en el primer pololeo que tuvimos –fueron tres en total– y que hoy es mi esposa). El viaje de retorno acontecía normalmente, como suele ocurrir las tardes de domingo, que son más bien lentas, reposadas, cargadas de un letargo colectivo, solo que las micros demoraban mucho en pasar y andaban llenas de gente.

El calor ya iba disminuyendo en ese cálido domingo estival. El micro iba por Irarrázaval hacia el Oriente, ya habíamos pasado la calle Lo Encalada, y cuando se marcaban las 19:47 horas en el reloj, comencé a percibir un movimiento inusual, inesperado e inquietante en el micro, que se detuvo frente a una automotora que existía en esa época, al costado derecho de la calle. ¡Está temblando!, gritó alguien, aumentando la sensación de inquietud. El movimiento duró mucho, no paraba y aumentaba la intensidad generando pánico en el micro. Gritos, empujones, alguien rezaba, otra persona lloraba, gritos por doquier, y gran cantidad de personas que tratábamos de bajarnos rápidamente. Empezamos a conversar de lo que estaba ocurriendo, en un ambiente de mucho nerviosismo, angustia e inestabilidad en las piernas.

Recuerdo que, en el momento mismo del terremoto, se comenzó a levantar mucho polvo por el movimiento de la tierra y las edificaciones de las casas añosas que había en la vereda norte de la calle Irarrázaval. Miré el tendido eléctrico y los cables de la luz se abatían como cordel en un juego infantil. Caían tejas de los techos, y mucho ruido, entre los cuales logré identificar el de vidrios de las casas.

Ya cuando pasó el movimiento telúrico, nos volvimos a subir al micro, y continuamos el recorrido por Irarrázaval al este, hasta llegar al paradero en Peñalolén. En el trayecto de retorno en el micro, me fui pensando en cómo estarían mis padres y mi hermana, quien aún se encontraba de vacaciones en la casa de otros tíos en Rancagua. Cómo estarían mi polola y su familia, que también estaban separados en distintas actividades, y rogando que no les hubiese pasado nada y se encontraran bien, en la medida que se oscurecía se iba evidenciando el corte de luz. Me invadía en ese trayecto la ansiedad por llegar a destino, y saber cómo se encontraban mis seres queridos. Sentí temor por no saber que venía y la percepción de que el viaje se hizo eterno, pero a pesar de las circunstancias, llegamos bien a Calle del Alto en Peñalolén.

Yo continúe el camino a pie hacia arriba, y en este trayecto deben haber ocurrido al menos unas dos o tres réplicas de distinta intensidad. Una de ellas bastante fuerte, que me hizo pensar que podría haber un nuevo terremoto. Recuerdo que los días siguientes al terremoto hubo réplicas de diversas magnitudes, lo que generaban en mí un estado de ánimo de inquietud, incertidumbre y angustia por lo que podría sobrevenir, lo que llevaba a andar en lo cotidiano muy sensible al más pequeño movimiento que se pudiera percibir.

Al llegar a casa de la familia de mi polola ya estaba oscureciendo, se había cortado la luz, así que había que alumbrarse con linternas y velas. Estaban conmocionados tanto por el terremoto como por las réplicas. Reconozco que ese día estuvimos poco rato juntos, ya que quería llegar a mi casa para saber del resto de la familia,
Ya luego por las noticias, escuchadas en una radio a pilas, nos fuimos enterando de la magnitud del terremoto: gente herida, gente muerta, muchas casas destruidas y personas sin hogar –con la consiguiente significativa cantidad de personas damnificadas–, puentes, escuelas, hospitales e iglesias averiadas, muchas personas durmieron a la intemperie, por temor a que viniera otro movimiento telúrico. En Peñalolén cayó parte de la Iglesia Nuestra Señora de Loreto, ubicada en calle José Arrieta, la cual no se pudo reconstruir nunca y terminó siendo demolida posteriormente.
Tengo grabadas imágenes que vi en televisión los días posteriores al terremoto, del Puerto de San Antonio totalmente agrietado. Entre otras edificaciones destruidas, se resaltaban casas de barro tan características del valle central de Chile literalmente en el suelo, calles agrietadas, muchas personas y familias damnificadas. Hubo que instalar un Hospital de campaña en San Antonio y otro en Rengo. Ya en la madrugada del día lunes 4, nos enteramos que el epicentro fue al sur de Valparaíso, más concretamente en Laguna Verde, y que su intensidad en la Región Metropolitana alcanzó grado 8, pero que en Melipilla alcanzó grado 9.

Desde otra perspectiva para mirar este tremendo evento telúrico, un par de meses después del terremoto, y por invitación de una persona conocida, trabajé como obrero de la construcción en un Programa de la Vicaría de la Zona Centro del Arzobispado de Santiago, que apoyaba la reparación de cités y viviendas en la comuna. Se trataba que concurriéramos como cuadrillas, con los compañeros de trabajo, a demoler lo que estaba en peligro de derrumbarse, sacar escombros, limpiar, impermeabilizar y reconstruir, o renovar cimientos, muros, tabiques, techumbres, que permitieran una habitabilidad segura. Estas acciones se realizaban con las personas viviendo allí mismo, así que había que pasar con la carretilla con mezcla o con los andamios, entre adultos, niños, niñas, perros y gatos. Era emocionante ver las miradas, las sonrisas, las lágrimas, los abrazos, los agradecimientos de las personas cuando veían sus casas reconstruidas, en medio del dolor que provocaba la tragedia del terremoto. Aparecía es luz de esperanza, ya que con estas acciones la Iglesia Católica colaboraba con la reconstrucción de las viviendas y la restitución del derecho a vivir en un espacio digno y seguro.

Finalmente, y desde una mirada más superficial, de la situación, resulta paradójico, pero creo que muy propio del ser chileno, reírse de sus desgracias. Por ejemplo, hoy en día de cualquier situación, aunque sea trágica, se hace un “meme” o aparece jocosamente en la rutina de un comediante. Se cuenta que posterior a este terremoto del 85, surgió el popular trago “Terremoto”, tan característico de las Fiestas Patrias en septiembre, y que según entiendo en algunos bares tiene hasta “réplicas”, para que las nuevas generaciones, que disfrutan de esta dulce bebida, comprendan que antes de esta tragedia del 3 de marzo del 85, no existía este azucarado brebaje y que cada vez que lo beban recuerden, como dice Carlos Pinto, que una situación como un terremoto en la vida de los chilenos puede ocurrir el día menos pensado.