Evitando el quiebre

Irene Román Ríos, 56 años

Aquel día estaba sola en una casa cerca de Plaza Egaña. Mi hermana era asesora de hogar, yo tenía 15 años. Era temporada de verano, los patrones estaban de vacaciones y nosotras cuidando una enorme casa.

Mi hermana fue a nuestra casa en La Pintana y debía volver por la tarde, cuando de pronto comenzó un movimiento suave y fui a abrir la puerta principal para que no se apretara. Como seguía aumentando en intensidad, me acerqué a un ventanal de pared completa que tenía la casa y lo abrí de par en par.

Seguía más fuerte el movimiento. Bajé el televisor de su repisa y también una mesa de centro con cubierta de vidrio, pesadísimo. Lo deslicé de modo que quedara el vidrio apoyado al suelo y no se quebrara. No paraba aquel temblor y se hacía cada vez más fuerte. Me dio miedo por las figuras en los muebles que de seguro eran carísimas. Comencé a bajar cada una de ellas y las posé en los sillones, incluyendo cristalería, para que no fueran a pensar que las habíamos quebrado y nos las cobraran. Todo tan fino y caro.

Como no disminuía aquel movimiento, entonces recién comencé a asustarme un poco. Con los ladridos de un perro pequeño que había en la casa, yo me asomé al patio para soltarlo de su collar y tranquilizarlo, pero en el patio había un árbol de nueces y noté que venía un remezón más fuerte que me desestabilizó. Me afirmé de una rama, pero fue un error, porque me caían nueces en la cabeza. Recién allí me acordé de Dios, recé el Padre Nuestro y cerré los ojos esperando a que pasara pronto.

Después tomé las llaves. Era casa ajena, así es que para salir tenía que dejar todo con llave. Eran tres puertas hasta la calle. Sacaba llave y ponía llave a cada una de ellas para salir a mirar al pasaje. Pero yo con 15 años y cero personalidad –ni siquiera era capaz de saludar– miraba, entraba a la casa, sacaba llave y ponía llave. Dentro estaba todo revuelto, salía nuevamente, sacaba y ponía tres llaves y así muchas veces. Al menos unas 10.

Luego me atreví a ir a una plaza pequeña donde estaba todo el mundo comentando, pero yo no hablaba con nadie. Estaba sola, miraba y volvía a aquella casa y repetía el proceso de las llaves cada vez. Eso sucedió toda la tarde hasta que, luego de muchas horas, llegaron mi hermana con mi madre a las que vi venir a una cuadra de distancia.

Entonces corrí a abrazarlas y recién me di cuenta del susto y lo terrible que había sido todo el episodio. Solté el llanto y así estuvimos un par de minutos. Luego fuimos a la casa y nos quedamos a dormir con nuestra madre en esa casa.
Hasta ese día yo no tenía idea de lo que era un terremoto y no sabía de las réplicas posteriores. Tampoco entendía el miedo que existía y el susto e impacto de mi madre cuando me encontró sana y salva. Ella atravesó gran parte de Santiago en una micro que saltaba con cada réplica y vio el desastre de casas en el suelo, pensando que yo estaba enterrada bajo escombros.

Dos días después llegaron los dueños. Ellos asumían que estaría todo quebrado y no podían creer que yo salvé todo.