Escribiendo las líneas que dejó la historia

Jorge Manrique Grisales, 65 años

Soy el autor de un libro recientemente lanzado que se llama “Armero: la furia de un volcán y el olvido de los hombres”. Llegué a Armero el 14 de noviembre de 1985, era periodista del diario El Espectador de Bogotá, tenía 25 años. Ese día conocí la muerte en su máxima expresión, nunca había vivido algo como lo que viví en Armero. Desde entonces me he hecho muchas preguntas sobre el desastre, sobre su naturaleza, sobre la reacción de los seres humanos frente a un fenómeno natural como ese.

Yo no estaba preparado, pero me tocó encontrarme dos días después con una pirámide de muertos en el corregimiento de Guayabal, de 300 personas apiladas en la plaza del pueblo. Eso era una cosa inimaginable, cuerpos hinchados por la temperatura. Entonces, obviamente el estrés postraumático que causó fue muy grande. Yo me acostaba, cerraba los ojos y veía los muertos, muchos meses me duró esa pesadilla.

Y por eso, cada vez que se cumple un aniversario de la tragedia de Armero siempre tengo algo que decir, en artículos en periódicos, en blogs, en redes sociales, porque siempre Armero ha estado presente.

Cuando se cumplen 40 años, me puse en la tarea de hacer un mapa con todas esas cosas que ví, que oí, que sentí, para tratar de ponerlas en una línea de tiempo, devolverme muchos años antes de la tragedia y comprender lo que pasaba en la cordillera, entender el volcán, entender sus ritmos, entender su mecánica y cómo en un momento determinado el volcán se relaciona con los hombres, con la vida y termina con una ciudad de 29 mil personas. Pero más allá de eso y de la tragedia, el libro también conversa con los que sobrevivieron para tratar de reconstruir esa memoria con palabras, con recuerdos, con canciones, con lo que sea; tratar de volver a llenar las ruinas de Armero de vida, que hoy está tomado por un bosque seco tropical, volver a llenarlo de esa vida que una vez tuvieron los armeritas aquí y donde fueron felices.

Son las líneas que deja la historia, uno tiene que cogerlas y como escritor hacer el esfuerzo de entender esas líneas y contarlas. El día que ya no esté en este mundo, quizás alguien que ha hablado conmigo coja esa posta y digan bueno, aquí pasó algo y ojalá que la memoria de Armero pueda construirse mejor, más dignamente y se pueda contar para las nuevas generaciones.