Esa tierra, donde ponemos firmes nuestros pies, se mueve

Gerardo Suárez, sismólogo, Instituto de Geofísica UNAM

Tuve la oportunidad, y creo que por una mera casualidad, de vivir los dos terremotos de 1985, tanto el de Chile como el de México.

Acababa de regresar de un viaje y supe del enjambre de sismos que estaban teniendo lugar en Valparaíso por medio de un queridísimo y muy distinguido sismólogo chileno, Lautaro Ponce, que vivía en México y que trabajaba en el Instituto de Geofísica. Él se dio cuenta, por la cantidad de pequeños sismos que hubo ese fin de semana, que algo estaba pasando.  El sismo ocurrió el domingo 3 de marzo en la tarde. Luego de aquello, Lautaro organizó rápidamente  una misión para que nos pudiésemos unir al esfuerzo de registrar las réplicas. No estuvimos ahí durante el sismo, pero llegamos un par de días después.

Llegué a Santiago el martes 5 de marzo con unos instrumentos para instalar y colaborar con mis colegas, de manera de entender qué pasaba. No me tocó vivir el sismo, pero sí pude ver y vivir algo que me marcó muchísimo y que después se acentuaría en el caso de México. La destrucción que hubo en Valparaíso y en algunas de las otras ciudades costeras, particularmente en Melipilla, que creo que fue una de las ciudades más dañadas por el sismo.

La verdad, lo encontré muy impactante. Yo había pasado varios años como estudiante de postgrado investigando sobre terremotos, las fuentes y toda una serie de cosas, pero realmente nunca había estado confrontado con el efecto devastador que pueden tener los terremotos.

Pocos meses después, en la Ciudad de México, ese terremoto sí lo sentí en casa. Vivíamos en aquella época aquí en Tlalpan, un pueblito que está muy cerca de la Ciudad Universitaria.

Lo sentimos muy largo y mi esposa y yo, la verdad nos quedamos un poco sorprendidos, no entendíamos por qué había sido tan largo; había durado más de 3 minutos. Ese día fue extraordinariamente complejo porque no sabíamos de dónde venía el sismo, no teníamos los instrumentos, algo que Chile compartía con nosotros también en ese momento, pues la instrumentación de nuestros dos países resultaba insuficiente para conocer el fenómeno. Nos vimos obligados a dar información vaga y muy general sobre el epicentro y la magnitud.

Pero lo que más me marcó, de nuevo, y me hizo pensar que había tomado un camino adecuado al estudiar sismología, fue la destrucción de centenas de edificios en mi ciudad. El mismo día que ocurrió el sismo, el director del Instituto me mandó a campo para instalar aparatos. Algo muy similar a lo que habíamos hecho con nuestros amigos chilenos. Como estábamos incomunicados, no me había dado cuenta de las consecuencias. Pero cuando regresé diez días después, le dije a mi esposa, quiero ir a recorrer el centro de la ciudad y me partió el corazón. La ciudad en la que yo crecí, la ciudad en la que he vivido toda mi vida, la vi en un estado verdaderamente deplorable, edificios colapsados, gente todavía atrapada, el hospital más grande de la ciudad colapsado.

Esto y la experiencia chilena creo que me marcaron de por vida.

Es cierto, la tierra la asociamos con la estabilidad, es el lugar donde ponemos nuestros pies firmes y consideramos que allí es donde estamos asentados con seguridad. Y de repente, esta tierra se empieza a mover y vemos cómo se altera todo a nuestro alrededor y, lamentablemente, a veces las construcciones se caen y las paredes se agrietan. Quienes vivimos en México y Chile, conocemos este sentimiento y, como sismólogos, cada vez entendemos mejor por qué ocurren, pero nunca dejaremos de conmovernos.