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Entrevista Luisa del Carmen Durán Fuentealba

por Valentina Espinoza Lara y Helena Gómez Vallejos

Hola, buenas tardes. Me presento, soy Valentina Espinoza y ella es mi compañera Helena Gómez. Hoy venimos a entrevistarla sobre los terremotos del 2010 y del 85. ¿Usted accede a que la graben, o sea, da su consentimiento para que la escuchen?

Sí, por supuesto. Buenas tardes. Feliz, feliz por esta invitación. No hay ningún problema.

Ya, gracias. Y, ¿cómo estás?

Hoy día contenta, nerviosa igual, pues como todas, ¿verdad? Bueno, primero, me presento. Mi nombre es Luisa del Carmen Durán Fuentealba. Siempre digo mi lema que nunca, nunca se olvide el apellido de la mamá. Tengo 65 años ya, ya entré a la edad de adulto mayor, estoy jubilada. Y hoy día estoy aquí con ustedes pues, para conocernos.

Nosotros queríamos preguntarle sobre el terremoto del 85. ¿Dónde estaba en ese momento?

Uy, el 85 era muy joven, tenía 25 años. Ya estaba casada, y tenía una hija de 2 años. Ese día fue un 3 de marzo, un día domingo. Los días domingo… nos reuníamos en familia en la casa de mi mamá. Ella ya no está con nosotros hace muchos años. Ese día domingo fueron las últimas humitas que comíamos de verano. Entonces, había muchos invitados, primos, hermanos. Y todos los hombres ese día se fueron al Club Hípico porque había una carrera muy importante. Y las mujeres nos quedamos en la casa. Bueno, habíamos terminado de almorzar ya. Eh, de verdad que esto de los temblores o terremotos, obviamente uno nunca está preparado para eso, ¿ya? En ese minuto, [a mi] mi mamá le estaban construyendo su casa, entonces había algunas paredes ya en alto y, claro, lo primero que uno atina [a hacer] cuando comienza el ruido, [el] movimiento, [como] no estamos acostumbrados nosotros, digamos, a estos grandes terremotos como fue el 85, lo primero que uno hace es correr, correr locamente. Obviamente, yo tenía mi bebé, mi niña mayor de 2 años. Lo único que pensé [fue] en ella, en tomarla en brazos y correr con ella. Pero mi esposo me alcanzó a afirmar, porque yo al correr me topé con las murallas que tenía construidas mi mamá y eso todo se desplomó. Todo. O sea, por un segundo, yo creo que no nos pasó algo grave. Porque mi esposo alcanzó a hacernos hacia atrás y cayó todo, todo, todo, todo. Se escuchaba caer, no sé, los muebles, las lozas. En mi casa había una vitrina maravillosa, antiquísima, donde había muchas cosas que guardaban las mamás, todos los recuerdos, cosas de otros países. Todo eso murió. Todo eso cayó. Nos vimos envueltos en un minuto en una oscuridad de tierra, de luz, porque todo esto yo creo que fue… como después de almuerzo. O sea, me parece que fue no sé si 2, 3 de la tarde o 6 ya. No recuerdo muy bien el horario, pero era en la tarde. Entonces nos vimos en una oscuridad tremenda. Pensamos que moríamos ese día. Lo único que hicimos fue abrazarnos todos. Porque la tierra seguía en movimiento, no sabíamos cuándo iba a parar. Y vinieron muchas réplicas. En esa oportunidad estuvimos como una semana en estos movimientos extraños. Entonces, obviamente se corta la luz, se corta el agua, no teníamos esta tecnología que hay hoy. Porque con los varones que fueron al Club Hípico, no teníamos cómo comunicarnos. Paró la locomoción. Fue un caos. Fue horrible, horrible. Porque uno lo único que piensa es que se muere en ese minuto, de verdad. Yo creo que todo el mundo piensa que va a morir. Lo primero que uno se acuerda es de Dios. Que estemos todos juntos.

Me imagino que debía ser difícil porque en un momento así todos piensan en correr, en estado de pánico.

Pánico, pánico. No miras, no ves lo que hay al alrededor tuyo, sólo uno corre, corre… sin pensar en que tienes otros elementos con los que pueden sufrir accidentes.

Sí, y lo peor, o sea, no peor, pero sí me refiero que era peligroso que estaba con su hija pequeña y era [muy] pequeñita.

Pequeñita, pequeñita. Por un lado, ella no supo nada.

Ah sí.

Como bebé, tenía 2 años prácticamente. Ella, digamos, miraba no más. Ella pensaba que era un juego. Vernos correr a todos como locos por todos lados. Y es una cosa impresionante, como tú dices, es correr. Y uno después dice: “¿Y a dónde vamos a correr?”. No íbamos a salir a la calle, porque había mucho más peligro. ¿Qué hacemos? Para uno, el primer instinto del ser humano es correr. Uno no se fija. Yo lo único que [hice fue] tomar a mi guagua y corrí. Y… obviamente es un griterío de terror. De terror alrededor de tu casa, porque eran casas muy modestas. Una población muy vulnerable, por decir. Entonces, prácticamente ningún sitio tenía reja. Los vecinos corrían de una casa a otra. Era una locura. Fue una locura.

¿Y usted estaba ahí? ¿Se quedó en la casa todo el momento del terremoto?

Nos quedamos toda la tarde, hasta oscurecer. Y vivía a unas cuadras de la casa de mi mamá. Después, con mi esposo, fuimos a nuestra casita. Nuestra casa era una piececita de tres por tres, pequeñita claro, para ver qué es lo que había pasado. Porque todo cayó, todo se quebró, estaba todo dado vuelta, todo… Mercadería que tocaba en los muebles… Muchos muebles se desarmaron porque era muy precario. En esa época, no existía mucho el mueble que existe hoy. Tú hacías con una tablita una repisa y guardabas ahí el aceite, harina. Todo eso explotó, todo en el suelo, era… como un acabo de mundo. Uno siempre piensa que es como tu último día de vida.

Sí, o sea, yo no he vivido un terremoto así, pero creo que estaría muy asustada en ese momento.
Y pensaría solamente en correr y en refugiarme. Pero igual en unos momentos así uno tiene que pensar con claridad.

Claro, debiera. Pero no es como lo normal. Yo creo que somos muy pocos seres humanos que pensamos ahí en terreno: “no debo hacer esto, no debo hacer lo otro”, porque uno automáticamente entra en pánico. ¿Tú no estabas para el 2010?

No, yo nací en junio.

Ah, junio, ya. Había pasado ya el 27 de febrero.

Mhm. Sí.

Sí. Otro gran terremoto. Terremoto, grado 8, 9. Era horrible, horrible.

Y después del terremoto, ¿cómo lo asimiló usted después?

Yo creo que uno lo que piensa, chiquillas, después de un gran terremoto piensas: “Ay, yo soy súper llorona”. Es que recuerdo a mi mamá, que estaba con nosotros. Tú piensas en eso, en tu familia. Es lo primero que piensas. En estar unido, en abrazarte, en pedirte perdón. Porque piensas como si fuera el último día de tu vida y a veces uno lucha en la vida por tantas cosas, y te encierras. Ustedes mismas, a lo mejor hoy día, están pensando: “vamos a salir a la enseñanza media”. El próximo año van a pensar en esto, lo otro, quieren estudiar esto, lo otro. También lo pensábamos nosotros. Yo pensaba en esos momentos en tener mi casa propia. Trabajaba, pero también quería tener un mejor trabajo, una mejor casa. Y en un segundo te cambia la vida. ¿Y qué es la pena? Muchos de esos seres humanos de ese terremoto del 85 hoy ya no están a mi lado. Y quizás… quizás uno deja de… de decirse muchas cosas con la familia. Me gustaría como experiencia decirles que ustedes aprovechen a su familia, aprovechen a sus hermanos, su gente, abrazarse. Hoy día estamos en un mundo tan de tecnología, tan avanzado, en que la familia el día domingo hoy ya no almuerzan todos juntos. O si lo hacen, cada uno está con su celular. Se ha perdido a lo largo de los años esa comunicación familiar. Entonces, uno aprende en la vida que lo más importante es ser yo mismo con mis cualidades, mis defectos, en tratar de cumplir sueños en la vida, pero tampoco podemos vivir solos en el mundo. Siempre necesitamos del otro. Y en esa época también. Yo he tenido la fortuna de ser toda la vida dirigente social, y por supuesto que en esa época tuvimos que ir a recorrer muchas calles, familias, hacer campañas. Hicimos una olla común, por ejemplo. Para ayudarnos entre todos. Fuimos a ver a enfermos, postrados. En esa época la gente era muy, muy, muy solidaria dentro de nuestra pobreza de los años 80. El mismo Pudahuel era… antes era Barrancas y no existía todo lo que hay hoy. Entonces… bueno, obviamente, la gente no tenía muchos vehículos. No había ni siquiera el teléfono de casa. Entonces, todo era ir donde el vecino, para saber qué le pasa, decir juntémonos. Yo vivía al frente de mi capilla católica y de la junta de vecinos. Fue como la sede en esos días donde hicimos las ollas comunes. Bueno, mucha gente también perdió su trabajo. Mucha gente se enfermó. Mucha gente cayó en depresión, porque era
terrorífico. Porque igual después hubo una semana de movimientos lentos, que todos pensábamos que iba a venir fuerte… y venía fuerte. Entonces estábamos todos aterrados, de verdad. Pero con esto quiero decir que hoy debemos disfrutar, niñas, de la vida. Nadie sabe cuándo uno va a partir a otro mundo, en lo que creamos, ¿no? Pero hay que disfrutar de la vida, porque no podemos luchar contra la naturaleza. La naturaleza es así, extraña. Ahora mismo estamos pensando en los hermanos de la Isla de Pascua con el tsunami [de Rusia], o vienen grandes lluvias ahora el fin de semana. Tenemos que prepararnos. Pero cuesta mucho. Te quedan muchas secuelas de los grandes terremotos de la vida.

Lamento mucho lo que le pasó…, sí, y como dice usted, la tecnología ha avanzado harto. Y ahora la mayoría pasan pegados en su teléfono y ya no disfrutan tanto la familia como antes, porque los niños ahora están pegados en el teléfono y los adultos también.

Sí, por supuesto. Nos cuesta a los adultos. Sí, pero hoy tú puedes saber en qué minuto hay un terremoto en el mundo.

Sí, eso igual es bueno, que uno se informa.

Por supuesto.

Pero también está lo malo, que uno se pega mucho en eso y pierde igual la comunicación.

La comunicación ¿No? El contacto familiar. Hay que tratar de no perderlo. Hay que tratar de comunicarse, de organizar el día, ¿no es cierto? De dejar, no sé, una media hora, una horita lo que es el celular. Informarse, sí, todo es bueno en el mundo, en todo orden de cosas. Pero también creo que hay que equiparar los tiempos. Nunca dejar de lado la familia o con quiénes vives, al menos para mí como experiencia de adulto mayor, viejita ya. A tu misma compañera de curso, de repente preguntarle: “Oye, ¿cómo estás? ¿Cómo te sientes?” No solamente llegar a la clase, dar la prueba, disertación, hacer el dibujo, el trabajo manual. Todo ser humano tiene un mundo, ¿ya? Y todos sufrimos de alguna forma y todos, todos, todos, todos necesitamos sí, una mano. Necesitamos una mano [se tocan]. Uy, están súper heladas. Necesitamos este contacto. Mira, no nos conocemos. Pero hoy día les digo chiquillas, las felicito. Gracias por esta entrevista. Sigan adelante. Los sueños se cumplen. Esto viene con muchos sacrificios en la vida. Y estamos dispuestos.

Pues hay que… Hay que cuidarse.

Un terremoto [puede venir] en cualquier minuto.

En el 2010 ¿cómo fue su experiencia?

Yo pensé que moría. No así el 85, porque el 85 tenía mi bebé en brazos. Pero en el 2010 fue terrorífico. Yo vivo en una casa de madera en el sector rural de Pudahuel: Noviciado. Mi casa está en pilotes, está así arriba de tubos. Entonces, cuando comenzó el temblor, en la madrugada, habíamos visto el festival de Viña. Mi casa era como un barco en tormenta, así [hace el ademán de movimiento]. Horror, horror. Sólo sentía quebrazones, porque en esa oportunidad yo tenía mucho mueble de vidrio. Habíamos tenido la oportunidad de comprar las cosas y todo se quebró. Todo. Explotó todo lo que había de figuras, de algún mueblecito típico que uno tiene en las casas o algún licor, alguna bebida o figuras, tazas, recuerdos. Todo eso explotó. Igual, un acabo de mundo.

¿Y en ese terremoto usted estaba con alguien?

Estaba con mi esposo, estaba con mi hija menor y ese febrero para mí fue muy, muy difícil. Primero, estuve en la época de menopausia. Todo ese enero y febrero. Segundo, mi hija mayor se había ido a vivir con su pololo el 13 de febrero. Y para mí fue tremendo. Mi hija mayor tenía, bueno, algunos años, pero era mi bebé que se iba por primera vez de la casa. Entonces yo tenía mi hija que se había ido, estaba en la época de la menopausia, donde uno cambia de carácter, es una etapa difícil en las mujeres. Y, además, vino el terremoto. Yo, por vivir en el sector rural, claro, estuvimos como tres semanas sin luz, sin agua, sin locomoción. La gente de Pudahuel rural, los vecinos son muy solidarios. También hicimos ollas comunes. En la mañana íbamos a una casa a tomar desayuno, en la otra a la tarde a almorzar. Más tarde íbamos a otra casa que era la única casa que tenía luz y podíamos ver la televisión y ver las noticias. También la gente corría, corría, corría. Era una acabo de mundo. O sea, fue quizás, yo creo que mucho más grande que el del 85. Sin comunicaciones. Piensen que estábamos a media noche, la mayoría está en cama. O sea, mucha gente salió corriendo sin ropa. Y uno, claro, lo primero que toma es a los hijos, a la
familia. Se te olvida todo.

O sea, en esos momentos ¿usted piensa en lo que más le importa, por ejemplo, la familia?

La familia, sí. [Es a] lo único que [una] atina. Yo en mi casa, en una esquina, tenía mi dormitorio, en la otra esquina está mi hija y al medio está el living comedor. Entonces, donde todo explotaba, todo saltaba, porque como era todo vidrio, yo no podía… yo lo único que quería era llegar ahí a abrazar a mi hija. Y por otro lado mi hija nos gritaba.

¡Ohh!

[Imitando] “No, no vengan, espero yo”… No sé, era un gritadero. Escuchar a tus vecinos, escuchar las carreras, la gente, no sé… alguna gente atinó a salir de la casa, tomar auto y salir. Entonces tú dices, no sé, todos tenemos reacciones [diferentes]. Yo creo que hasta la persona más valiente, hasta la gente que se dice que es poderosa, que no tiene miedo a nada, todos, todos sufrimos de alguna forma ese terremoto. Y también el 2010 hubo muchas réplicas…desde el 27 de febrero hasta como la quincena de marzo hubo muchos remezones, muchos movimientos. Bueno, somos un país sísmico. A lo mejor en este minuto estamos muy bien y no nos damos cuenta, pero es terrible vivir el minuto, la experiencia. Nadie está libre, ninguna persona sabe cómo va a reaccionar. Podemos reaccionar de la forma más impresionante. Pero yo creo que también todos los seres humanos en lo único que pensamos es en la familia, Dios y… que nos vamos a morir en ese minuto.

Que también es justo un momento así de mucho pánico, porque hay gente gritando y esas cosas la ponen más ansiosa a una. Entonces ahí uno piensa solamente correr y no es la manera, pero es lo primero que uno piensa.

Lo único que uno piensa es en correr. Y en mi experiencia como dirigente social, pienso también en esos vecinos que están postrados. En esos vecinos que están enfermos, se dializan, están solos. En las mujeres que tienen muchos niños. En casas que son muy vulnerables aún, aunque estemos en el siglo XXI. En nuestros sectores rurales, aún existe mucha pobreza. Se arman casitas bien precarias. Entonces, imagínate, en un terremoto todo se viene al suelo. Todo, todo. Sí.

Y esas casas son más, más… ¿cómo son?

De madera, por ejemplo.

Sí, y como que se exponen más al peligro porque… tienden a ser más débiles que las que son con concreto.

Claro, claro. Sí, todos estamos expuestos…

Las casas de madera, bueno, todos sabemos que pueden caer de un segundo a otro. Y fíjate que en ese minuto uno no piensa en lo que tienes. A mí se me quebró un televisor grande, por ejemplo. Cayó, murió. Pero en ese minuto tú no piensas en esas cosas. Piensas como en ti mismo. Es tan poderosa tu mente de humano que piensas, bueno, en mi hija, por ejemplo, y correr, correr, correr, sin ningún destino, sin pensar si te vas a encontrar con un cable, una piedra, no sé. Uno corre y de verdad que es muy difícil controlarse. Porque de verdad que uno entra en pánico. Yo creo que puedes ser el ser humano más preparado para sobrevivir en estas cosas, pero todo el mundo tiene sentimientos, pues siente miedo.

Sí.

Esperando que nunca más ocurra.

¿Y qué consejo nos podría dar a nosotras que no hemos vivido un terremoto así de grande como los del 85 y del 2010?

Eh, bueno, ideal no entrar en pánico. Pero eso es difícil pensar. Hoy día lo bueno es estar preparados, ¿ya? Desde el 85 o el 2010, se nos enseñó a que estemos preparados con alguna mochila, con alguna muda, con linterna, fósforos, velas, agua, en algún rinconcito de nuestra casa. Estar preparados en caso de cualquier catástrofe o eventualidad que pueda ocurrir. Y como consejo le digo yo que nadie tiene que comprar el mundo. Ninguno sabemos hasta cuándo vamos a estar en esta tierra. Es disfrutar la vida, el día a día con la familia. Yo viví la edad que ustedes tienen. Todos pasamos por la misma edad. Y sabemos que, a la edad de ustedes, claro, son otros los sentimientos, otros los pensamientos, lo que tú quieres hacer. Son otros tipos de carácter, de formas de vida, ¿ya? Pero creo que lo más importante es pensar en la familia, disfrutar así hoy, el día, hoy. Llegar a la casa, abrazar a la mamá, al papá, al hermano, no sé, con quién viva, llamar a la abuelita, ya no sé. Es el día a día. Como ser humano tenemos que aprender a vivir el día a día. Estamos expuestos a cualquier catástrofe en esta tierra. Y somos pequeñitos ante la naturaleza. Ideal no entrar en pánico. Pero es difícil.

Sí, es difícil porque igual, o sea, yo creo que todos en verdad sentimos miedo, solamente que algunos lo demuestran más que otros.

Claro, claro. Aquí no hay valientes. No, somos todos seres humanos, con miedos, con temores, con pánico. Se pierde el control de verdad. Yo he escuchado que es muy raro el ser humano que haya estado tranquilo en un terremoto así, muy raro. Me imagino que debe haber. Porque si no, yo creo que no es un ser humano. Pero bueno, uno siempre rogando a Diosito, a lo que creamos, la naturaleza, el sol, la tierra, la Pachamama, en que nos cuide, nos proteja. Que no nos ocurran estas cosas tan terribles en el ser humano.

¿Usted cree en Dios?

Creo en Dios, soy católica. Nací, me crie en una capilla muy modesta en lo que hoy es Cerro Navia, pero antes era Barrancas. Toda mi vida he creído en Dios, pero [sin dejar de] vivir plenamente, con compartir con nuestros hermanos que lo necesitan. Eso es mi mundo. El mundo de la población, el mundo de la vecina. A mí, Dios me ha enseñado que la idea es que como ser humano, debemos respetar, debemos ser humildes. Si hoy día tú estás aquí y mañana estás ahí arriba, nunca, nunca, nunca, nunca te tienes que olvidar de acá. Porque esto es lo que a ti te formó como ser humano, como dirigente, como juventud, como mujer, como niña, como hombre. Esto es lo que vale. Y si uno tiene oportunidades maravillosas en la vida, fabuloso. Y si cuando estás arriba tienes la oportunidad de tender la mano que está acá abajo, sobre todo en estas catástrofes, terremotos, vientos, tsunami, inundaciones, yo creo que eso es lo que hace grande como ser humano. Porque en estas catástrofes de terremoto entramos todos. Los pobres, los millonarios, profesionales, todos somos uno. O sea, un ser humano. A vivir la vida con gusto, a estudiar, a lograr los sueños. Todo se puede en la vida.

Sí. Igual yo siento que lo que dice usted es verdad, que no se debe olvidar a los que le ayudaron desde el inicio y no hay que perder la humildad que uno tiene.

Jamás. Y el respeto a los demás. Hoy día sabemos que estamos en un mundo tan diferente, con diversidades, edades, profesiones, tipos de vivienda, tipos de comuna, pero en esencia somos seres humanos. La vida se mueve así. Tú un día estás aquí, estás allá, te da vuelta, es un ciclo. Algún día llegarán a tener mi edad, yo ya no voy a existir. Pero lo ideal es vivir así el día a día, disfrutar. Disfrutar, porque mañana no sabemos si vamos a estar, cómo vamos a estar. Hacernos sentir que somos personas, siempre digo, únicas e irrepetibles. Y que podemos compartir como ahora esto hermoso, vivir esta experiencia. Yo, feliz de compartir con niñas de la edad de ustedes. Porque hoy, chicas, no es lo usual. Se ha perdido a lo largo de mis años este compartir maravilloso de hoy. Que nunca se pierda eso. No porque seamos viejitos no fuimos jóvenes. Nosotros sentimos y queremos existir.

O sea, a mí me gustó escuchar su experiencia porque ha contado cosas a personas como nosotras que no hemos vivido todavía.

Ojalá que no chiquillas. No.

Y nos ha contado experiencias que igual nos pueden ayudar, en otros casos. Por ejemplo, a que en un terremoto no tenemos que correr.

Correr, entrar en pánico, no sé. De repente vamos a prender un fósforo en pleno terremoto, y a lo mejor no lo podemos hacer. [Hay que] estar preparados con este bolsito, con nuestras cosas básicas, en algún lugar especial. Y tratar de tener calma, tratar. Es difícil. Pero no es imposible. Hoy día la gente joven como ustedes, a lo mejor son más fuertes, a lo mejor tienen otra forma de actuar, no sabemos.

Igual son diferentes tiempos.

De partida no existía la tecnología que hay hoy. Tú para ir a ver un familiar tenías que tomar la micro o caminar cuadras y cuadras. O simplemente, en la época del terremoto del 85, entre muchas familias no supimos entre nosotros por semanas.

Sí, porque como usted dijo no había comunicación, no había la tecnología de ahora que, por ejemplo, hay teléfono, el WhatsApp.

No, en esa época, nada. Y se cortaron las comunicaciones. Uno que otro tenía un teléfono de casa normal. Pero era difícil comunicarse con todo el mundo. Muy difícil. Porque, además de eso, no había agua, luz, locomoción. Aparte de todo, las familias no se preparaban con, por ejemplo, mercadería. Uno generalmente tenía como lo justo y necesario para la semana, por ejemplo. Entonces en un minuto no había cosas. Y entramos ahí a… esto que nunca debiera pasar, armar una olla común. Donde todos aquellos que podían, cooperaban con algún paquete de fideos. Y así comíamos. Comimos, almorzamos fideos blancos cocidos. Las que podían, hacían el pancito amasado típico. Era como lo rico que podíamos comer, ¿no? Pan amasado, solo. Pero yo tengo que rescatar quizás de nuestro país, de nuestra ex Barrancas hoy Pudahuel, es que ¡pucha que somos solidarios! Eso sí, eso yo lo he vivido, pero a concho en carne propia, como se dice. Es que somos solidarios. Si hay un terremoto, tú vas donde el vecino y ves lo que necesita. Nos invitamos a almorzar, o vamos todos para allá, o vamos todos para acá. Piensen que, en nuestra época, mi época del 85, ni siquiera se vendía el agua envasada. Sólo los que teníamos agua potable. No existía el agua envasada.

Usted contando me recordó algo que yo viví… [se refiere al invierno de 2024] cuando llovió y se cortó la luz. En mi casa no llegó la luz como por 10 días. Agua sí teníamos, pero no teníamos luz, estábamos todas a oscuras. Y eso igual, no sé, o sea, a mí me impresionó mucho porque mi casa es oscura. Y con velas, aunque prendíamos las velas no se veía nada. Y no me imagino ustedes porque, como dice, se cortó el agua y la luz.

Y no había locomoción. No teníamos vehículos. Eran muy contadas las personas que tenían su autito, por ejemplo. Tú te quedabas sin dinero y no existía el cajero automático de hoy. En esa época, a los papás les pagaban, por ejemplo, un sueldo semanal. Entonces, si no trabajabas la semana siguiente, no tenías dinero. O sea, era un caos. Pero como le vuelvo a repetir, creo que tenemos que destacar en nuestro país ser solidarios. Mi mundo ha sido ex Barrancas, Pudahuel, solidario. La gente coopera a concho con lo que tiene, intenta regalar algo. Mi generación es una generación que está acostumbrada a comer de todo. Nos acostumbraron las abuelitas a una sopa de pan, por ejemplo, si no había [otra cosa] en la época de terremoto. Un pan amasado o un pan o una galleta hecha por las mamás. Entonces, sobrevivimos en nuestra pobreza de nuestra época a muchas cosas. Hoy en general la juventud come otros tipos de comida, ¿ya? Yo creo que a lo mejor ustedes nunca han tomado una sopita de pan.

No.

¿Y han comido pantrucas, por ejemplo?

Eh, no. [Responden ambas] No.

Entonces eran otras épocas. Mi generación hoy está acostumbrada a armar las comidas con lo que uno tenga en la casa, aprovechar todas las verduras. Y fuimos, y somos capaces de ser solidarios. Yo destaco en mi vida el ser solidarios con tus hermanos. Compartir, dar hasta que duela, se dice por ahí, ¿no? Sobre todo, en estas épocas de terremotos gigantes, que destrozan casas, mueren familias, se separan las familias. Hay un cambio total.

Como usted dice, ese valor es muy importante, porque puedes ayudar en varias ocasiones. A veces, la persona te puede devolver ese favor, aunque tú no lo pidas.

Claro. Exacto. Uno siempre recibe de quien menos espera en la vida. Y en estos momentos críticos de nuestro país, en las épocas del 85 y el 2010, la gente aún es capaz de ser solidaria. Y de compartir un pan, un vaso de agua, algún vestuario, un par de zapatos. La gente aún es capaz de hacer eso. Yo destaco en la vida que sobrevivimos de una u otra forma. Aunque en estos dos hechos que nuestra generación vivió, nuestra vida se haya envuelto en pánico, en terror. Porque, como se dice, todo lo material se recupera. Pero la esencia del ser humano… Hay muchas personas
que yo conozco que aún están con depresiones después del terremoto del 2010.

¿Y es porque les quedan secuelas?

Totales. Te quedan marcadas en la vida.

Porque fue como un momento así de miedo, de ansiedad.

Fueron muchos. Uno dice segundos, minutos, una eternidad. Sentirte en movimiento, sentir que se te mueve el piso, que cae todo, que se quiebra todo, que explota todo, que es como morir en ese segundo. Morir. Pues no sabes qué va a pasar mañana. No sabes si… Nosotros en ambos terremotos estuvimos así… muchos días así. Sin luz, sin agua, sin locomoción, sin víveres o alimentos. Y terminamos tomando los del 85 esta sopita de pan. Se hacían muchas porotadas, que es lo más común que hacía la gente.

¿Puedo preguntar…? Es que no entiendo el significado de esa palabra. ¿Poro…?

¿Porotadas? De porotos. Se hacían las ollas, fondos gigantes de porotos con tallarines o con lo que hubiera y se compartía con el vecino. Las porotadas.

Igual es un sentimiento así de… harta solidaridad, porque en esos momentos uno está… se siente así como solo, asustado y claro, que un vecino te venga a ayudar y te comparta eso, de uno. O sea, yo creo que uno le agradece mucho.

Sí. Por eso les vuelvo a repetir, es grandioso que en las catástrofes más grandes que han ocurrido en nuestro país, donde se han hecho muchas campañas de gente generosa, aún somos capaces de compartir. No miramos edad, color político, religión, estatus social. Fíjese que ahí somos seres humanos. A lo mejor tú no te llevas bien con la vecina de allá de la esquina, un ejemplo. Pero en ese minuto se te olvidó. Y a la primera que llegaste fue a la vecina de la esquina para saber que estaba solita, postrada a lo mejor. Y tú fuiste a esa casa. Y esa es la esencia, yo creo, de los seres humanos. Tenemos aquí una misión, que es ser algo. Pues sobre todo, vuelvo a repetir, [tenemos que] vivir a concho el día a día. Disfrutar de la familia, disfrutar de lo que tenemos. Obviamente, siempre es bueno también, pensar en el futuro. Y es bueno, a lo mejor, soñar con un departamento, un auto, viajes, que es lo común hoy día de la juventud. Pero hay una esencia, una base, que eres tú. Y tu familia, o con quien vivas a tu alrededor. Que eso nunca se tiene que perder. Imagínate nosotros, cuando niños, en el 85. No sé, los niños salían a jugar a la pelota, las niñas salían a jugar, a saltar, jugar al tombo, al luche. Y hoy, ¿qué hacen los niños? Hoy están todos encerrados en su casa con un juego de video, con el celular. Se amanecen. En cambio, nosotros en esa época igual teníamos un horario. Entonces, el mundo ha cambiado mucho. El mundo vive hoy acelerado. El mundo hoy es individualista.

A mí me pasó eso, que yo antes, cuando era pequeña, me pasaba todo el día jugando en la plaza hasta tarde. Y ahora igual me paso en la casa con el celular o viendo la tele. Entonces, igual es como que la tecnología…

Sí. Ha cambiado. No digo que la tecnología sea mala, es maravillosa. Pero pensemos en los extremos. En el 85, no existía nada de muchas cosas que hay hoy en tecnología. Hubo familias que estuvieron semanas en que uno no… no sabía de la tía que vivía allá en Rancagua, por decir algo. No podías ver televisión ni escuchar noticias porque no había luz.

Por eso igual siento que la tecnología se puede tomar para bien o mal, si uno lo sabe controlar.

Hay que controlarlo. Todo tiene su horario, pienso. Los extremos son los malos. A mí me encantaría saber usar bien el celular, pero no lo sé. Me enseña mi nieta y se me olvida al segundo. Pero, como les vuelvo a repetir, es bueno saber de lo que ocurre hoy día. O sea, tú sabes en este minuto si hay un terremoto, no sé, en China, porque te suena el teléfono.

Un día con mi compañera nos sucedió que estábamos en clase y los celulares empezaron a sonar así con una alarma.  Una alarma sísmica parece. Y nosotros estábamos así como… ¿qué es eso? ¿Qué pasó? Y como que no se callaban [los teléfonos].

Sí, era automática. Yo creo que a todos nos pasó en algún minuto eso que tú dices. Ahora si tú te pones a pensar, ¿será bueno eso? Vivir asustados. Suena tu teléfono y saltas.

Yo siento que igual por un lado es bueno, porque a uno le avisa y uno se puede preparar. Pero por el otro, uno siente el miedo y la ansiedad de qué tan fuerte será y qué va a pasar.

Claro. Por eso yo pienso que, como adulto mayor, los extremos son los malos. La tecnología, el avance, la vida, compartir con los jóvenes para mí… Este minuto es maravilloso para mí, no lo voy a olvidar. No se tiene que perder. Todos aprendemos de todos. Todos somos importantes. Yo aprendo de la juventud de ustedes, del pensar de ustedes, ustedes aprenden un poquito de mi experiencia. Y uno dice: “esto me gustó”, “esto no me gustó”, “estoy de acuerdo”, “no estoy de acuerdo”. Oye, cada uno piensa como quiera. Pero [de] compartir, [hay que] compartir.

Sí, y muchas gracias por darnos su experiencia. Yo creo que eso nos va a servir harto, porque lo podemos tomar en cuenta para otros terremotos que puedan pasar.

Tratar de no entrar en pánico, no más. Yo me voy feliz. Un cariño para todos ustedes. Gracias por la oportunidad. Gracias por pensar en los viejitos, en los adultos mayores. Eh, y bueno, éxito para su futuro.

Muchas gracias.  Que le vaya bien.