El primer día de clases de 1985
Daniela Cid Mayorga, 55 años
Querido diario: hoy fue mi primer día de clases de primero medio en el liceo y casi nadie habló sobre sus vacaciones. Todas hablaban sobre el terremoto. No es que esté en contra del terremoto, pero encuentro que le ponían mucho color. La Claudia Torres, por ejemplo, dijo que el edificio frente del suyo se balanceaba de un lado hacia otro como que se iba a doblar y derrumbar sobre el balcón de su departamento. Otra compañera de curso de una de mis hermanas dijo que alguien de su familia justo se estaba duchando a esa hora y salió corriendo al patio, sin ropa.
Cuando me preguntaron «¿y tú?», obviamente, no pude igualar el dramatismo de esos relatos y dije lo que había visto no más. El auto de mi papá se tambaleaba como juguete, los postes de luz se balanceaban y parecían de goma, mi abuelita (mi familia y yo estábamos de visita en su casa) apagaba una luz y salía; luego volvía a entrar para apagar el gas y nunca salía definitivamente de su casa. También recuerdo a una de sus amigas, la señora Dora, nombrando santos mientras abrazaba un árbol. Esto último me llamó mucho la atención, porque, primero, rezó un Padrenuestro, unas Avemarías y después nombró como 50 santos. ¿Qué hacía yo? Bueno, le daba palmadas en la espalda y le decía que «ya iba a pasar”, pero no pasaba.
Lo curioso fue que hubo un momento en que creímos que iba a parar. Fue como un segundo en que llegué a pensar «hasta aquí no más llegó, igual fue entretenido», pero no: después de esa pausa empezó a temblar con más fuerza. Hasta ese momento me había entretenido haciendo equilibrio, sin sujetarme de nada, pero después de esa pausa, el movimiento se empezó a sentir más fuerte y tuve que hacer lo que las personas normales hacen en esas situaciones: sujetarme de algo firme que, en este caso, era la reja de la casa de mi abuelita.
Al rato llegaron unas vecinas corriendo y llorando y contaron que se había caído una parte de su casa. Empecé a pensar en que tal vez mi casa también se había caído, pero después me tranquilicé porque a la casa de mi abuelita no le había pasado nada. Entramos a tomar once, pero la digestión no fue de lo mejor porque comenzaron las «réplicas». No tenía idea de qué cosa era eso, pero las personas mayores de mi familia las llamaban así y en la radio y en la tele también. Como tres horas más tarde partimos de vuelta a la casa de mis papás. Aunque ya era de noche, pudimos distinguir ventanales quebrados, fachadas de edificios y casas en el suelo y personas en la vereda preparándose para pasar la noche con frazadas y todo. Por la radio hablaban sobre decenas de personas a quienes habían tenido que amputar brazos y piernas en los hospitales. Entre esas decenas de personas se mencionaba a muchas niñas y niños. Niñas y niños que, probablemente, tienen la edad mía y recuerdan ese día con mucha menor candidez que yo.