El inicio de una zona de guerra

Eduardo Fernández Hederra, 48 años

Yo tenía ocho años. Una vez terminado el gran remezón, por motivos de trabajo, mi papá debió ir al edificio donde trabajaba en Santiago Centro para constatar daños. Le acompañamos mi mamá y yo, llegamos en auto y estacionamos en calle 21 de Mayo, casi esquina Monjitas, ya que no se podía continuar por los escombros en el camino.

Parecía el inicio de una zona de guerra. En la vereda opuesta había un Mercedes Benz sesentero blanco, aplastado por los escombros que cayeron al costado del palacio de la Municipalidad de Santiago, como si el pie de un gigante hubiese dado un paso sobre éste. Unos metros más adelante, un bus verde oscuro de Carabineros de la misma marca quedó completamente inclinado a lo largo de su lado derecho. Al cruzar la Plaza de Armas, pudimos constatar que la fachada también había sufrido importantes daños en su parte superior.

Ingresamos a calle Estado y la noche presagiaba invadirnos en breve. La vereda y la calzada eran un sembradero de vidrios esparcidos y pisoteados por algunos transeúntes nerviosos que desaparecían fugazmente.

A mitad de cuadra, nuestro paso fue interrumpido por un verdadero rugido, un bramido colosal aumentado por los edificios que se imponían lado a lado, escupiéndonos vidrios de las más misteriosas procedencias: era una fuerte réplica sísmica acompañada por una vibración tenebrosa, causándonos una sensación paralizante. Todos nos concentramos en el medio de la calle. ¿Qué nos esperaría más adelante? ¿Cuántas réplicas más sentiríamos?

Llegamos a nuestro destino. El edificio Astor –de Huérfanos esquina Estado– se mantenía erguido y altivo, no más una alarma de campanilla de un local de Lotería insistía en interrumpir el silencio recuperado desde la esquina opuesta. Una vez en la entrada principal, los encargados de turno condujeron a mi papá al sótano, ya que se habían reventado cañerías de su caldera. Debieron descender con linternas y descalzos, mientras mi mamá y yo nos quedamos en la recepción conversando con el resto de los guardias. Los minutos se hicieron eternos.

Nos despedimos y emprendimos el regreso al auto para por fin dejar atrás el lugar, mientras la noche ya dominaba hasta casi el último contorno. A mitad de la Plaza de Armas, un militar armado nos impidió el paso: “¡No se puede pasar! ¡Hay una fuga de gas!” Ante nuestra insistencia que debíamos continuar, nos propuso caminar por el paseo Phillips: tétrico como una enorme boca hacia la nada. A esa hora era una especie de túnel sin envergaduras, sin final. Había un tenso miedo contenido en el aire a cada paso, hasta que una voz desconocida y llorosa nos estremeció en la penumbra: “¡¡Ayúdenme, por favoooor…!!”, exclamaba una abuelita que no podía verle su cara ni silueta. Quizás pudo haber sido un fantasma. “¡Tranquilícese, ya pasó!”, le respondió mi papá.

Hasta que abrimos las puertas del auto y nos fuimos. Durante el trayecto a casa la radio AM despachaba en vivo cómo una madre rogaba desesperada para que sacaran a su hijo de entre los escombros de su casa. Todo era revelación de daños y cornisas rotas, entre la noche intranquila y los grados Richter.