El eco perdurable de la solidaridad humana
Sebastián Guanumen Parra, embajador de Colombia en Chile.
El 13 de noviembre de 1985 quedó marcado en la historia de Colombia y el mundo como el cuarto evento volcánico más catastrófico de los últimos cinco siglos. Esa noche, el Volcán Nevado del Ruiz, ubicado entre los departamentos de colombianos del Tolima y Caldas, reclamó con su fuerza natural la vida de más de 20 mil personas, sepultando la ciudad de Armero y afectando gravemente los municipios de Chinchiná y Villamaría, bajo una avalancha de lodo, escombros y material volcánico.
Esta tragedia desató un dolor inconmensurable, pero al tiempo provocó un despliegue de ayuda internacional que alivió la impotencia, reemplazando el insoportable y pasmoso silencio con el eco perdurable de la solidaridad humana.
Durante varios meses, la comunidad internacional demostró que la fraternidad trasciende fronteras. La tragedia de Armero movilizó ayuda desde todos los rincones del planeta. Cerca de 1150 toneladas de alimentos, agua, ropa, medicamentos y equipos médicos llegaron a Colombia. Equipos de rescate especializados, como los enviados desde Ecuador, Estados Unidos, Francia y Japón, entre otros 25 estados, trabajaron incansablemente en las labores de búsqueda y asistencia. Organizaciones como la Federación Internacional de la Cruz Roja, la Media Luna Roja, el Club Internacional Los Leones y el sistema de las Naciones Unidas aportaron capacidades técnicas, humanas y financieras.
La cooperación se manifestó también en el envío de hospitales móviles, más de 1800 carpas y 1250 frazadas, doce helicópteros con personal médico y de expertos, varios aviones con suministros y donaciones económicas que superaron los 2.4 millones de dólares de la época. Una labor titánica, considerando que la tragedia ocurrió un mes y 28 días después del terremoto de Michoacán y apenas ocho meses después del de Valparaíso.
En un contexto donde el mundo ya había realizado un enorme esfuerzo humanitario, la respuesta a Armero no se hizo esperar. De esta tragedia surgieron lecciones que cambiaron para siempre la forma en que Colombia y el mundo conciben la gestión del riesgo de desastres. Fue un punto de quiebre que permitió en 1986 la adopción de sistemas de alerta temprana. En los años siguientes, el fortalecimiento de redes sismológicas y observatorios vulcanológicos, y que en 2012 inspiró la creación de nuestro Sistema Nacional de Gestión del Riesgo de Desastres.
La catástrofe de Armero también aportó insumos valiosísimos para el diseño de programas internacionales, como el Programa de Asistencia en Desastres Volcánicos del Servicio Geológico de Estados Unidos, creado en 1986, así como la formulación de acuerdos globales en la ONU y la OEA.
Las tres tragedias que nos reúnen para conmemorar cuatro décadas de dolor, pero también de solidaridad y esperanza, produjeron cambios normativos y políticos a nivel multilateral, desde 1990, con el decenio internacional para la Reducción de Desastres Naturales, pasando por la Resolución 46-182 de las Naciones Unidas de 1991 sobre la coordinación de asistencia humanitaria de emergencia, hasta la estrategia de Yokohama de 1994. Asimismo, la creación de la Estrategia Internacional para la Reducción de Desastres, en 1999, o el actual Marco de Sendai, que desde 2015 inspira políticas como la nuestra, en la Ley 1523 de 2012, por la cual se adoptó la Política Nacional de Gestión de Riesgo de Desastres.
1985, un año imborrable para la memoria de América Latina. Cierro volviendo nuestras mentes a Armero. Aún permanece en la memoria colectiva la imagen de Omayra Sánchez Garzón, la niña víctima de la tragedia de Armero, símbolo de fortaleza y dignidad que el próximo 28 de agosto cumpliría 53 años. Omayra es y será recordada por sobrevivir más de 60 horas atrapada en los escombros de lo que fuera su hogar, rodeada por el cuerpo sin vida de su tía, sumergido en el fondo y las cenizas. Recordar a Omayra es un llamado a fortalecer la preparación frente a las tragedias, a pensar con esperanza, que 40 años después, gracias a una capacidad de reacción y constante evolución, no permitiríamos que su historia se repitiera. Recordar a Omayra es recordar que la fraternidad entre las naciones y la bondad de los pueblos siempre puede ser más grande que cualquier desastre. No en vano, un grupo de rock chileno lleva por nombre Omayra Sánchez, recordándonos a través de la música y de sus letras que somos pueblos hermanos. Honremos entonces la memoria de las víctimas de Armero, Valparaíso y Michoacán. En estos 40 años de aprendizajes las ciencias, la cooperación y la solidaridad nos han demostrado que la unión salva vidas, cuando la naturaleza nos recuerda que como especie dependemos unos de otros para sobrevivir.