El día que tembló la esperanza
Eduardo Contreras Villablanca, 61 años
Aquel domingo de marzo del 85 amaneció con un sol cansado, de esos que apenas logran abrirse paso entre la neblina de Santiago. Aún era verano, pero había días en que el smog generaba ese efecto. Luego se fue aclarando y salió el sol en plenitud. Habíamos quedado de reunirnos temprano para ir en una van al taller cultural “El Ladrillo”, en una población de San Joaquín. Era el día de la función: los compañeros del grupo de teatro iban a estrenar una obra nueva, y nosotros, ayudaríamos con los decorados, las sillas, el té o café compartido, y las conversaciones que después se volvían discusión, reflexión, futuro.
Yo iba sentado junto a mi pareja. Estudiábamos en distintas universidades, ella en la UDP y yo en ingeniería de la Universidad de Chile, pero coincidíamos en casi todo lo demás: infancia en el exilio, la música de Silvio, la rabia callada, el sueño obstinado de una democracia que se veía muy difícil de lograr. En la van íbamos unos seis, todos apretados, entre risas, guitarras, y la dureza de los asientos ya algo desvencijados.
Aún no me reponía del asesinato de Patricio Manzano, compañero de generación en ingeniería. Eso había sido hacía aproximadamente un mes.
El tránsito estaba expedito. En una luz roja, justo frente a una carnicería, sentimos que la van se movía. Primero un leve vaivén, luego una sacudida más fuerte.
—¡Oye! —gritó Sebastián—. ¿Quién se está moviendo atrás?
Nos reímos. Pensamos que eran unos niños jugando, que empujaban el vehículo desde afuera. Pero cuando asomamos la cabeza por las ventanas, no había nadie. Solo la calle… y los postes de luz que se doblaban como si fueran de goma.
El piso también se movía. Un tacho de basura se volteó, los perros aullaron, y en un balcón una mujer se agarraba de la baranda gritando el nombre de su hijo. Nadie hablaba en la van. Solo se oía ese rumor profundo, como si la tierra respirara con furia.
Cuando por fin se detuvo, bajamos. Los vidrios de la vitrina de la carnicería estaban en el suelo, y una nube de polvo salía de las casas más viejas. Decidimos ir a ver a las familias de dos compañeros que vivían cerca. En la casa de uno se había caído un muro, en la del otro un par de estantes con todo su contenido, estaban volcados en el suelo. En medio del desastre, había abrazos, y hasta alguna risa nerviosa: “¡La tierra también se cansó de la dictadura!”, dijo alguien.
Como una hora después llegamos al taller “El Ladrillo”. El portón de lata seguía en pie, aunque la pared tenía grietas nuevas. Solo habían llegado la mitad de los actores. Algunos estaban ayudando a sus vecinos, otros no sabían si sus casas aún existían.
La función, claro, no se hizo. Nos quedamos un rato para decidir qué haríamos. Encendimos un brasero, repartimos pan con margarina, y mientras caía la tarde hablamos del susto, del temblor, y también de lo que no se podía derrumbar: las ganas de seguir. Nos levantamos para salir a ayudar a familias del entorno.
Esa noche entendí que la resistencia requería no solo protestas. También se trataba simplemente de quedarse juntos cuando todo se movía, y luego seguir.
Y en medio de los escombros, de los muros que se abrían, sentí que algún día, ladrillo a ladrillo, volveríamos a levantar la casa. Como lo proclamaba el nombre de este taller cultural.