El día en que el volcán habló
Indira Molina Polania, Sismóloga, Servicio Geológico Colombiano
Tenía nueve años cuando vi por primera vez, en la pantalla del televisor de mi casa, aquellas imágenes que marcarían mi vida para siempre. Era de noche, y las voces en la televisión se entrecortaban con la lluvia y con los sollozos de la gente. Yo no entendía bien lo que ocurría, pero todos en mi casa llorábamos alrededor de la TV. En la pantalla aparecían ríos de lodo avanzando como si fueran un monstruo que devoraba todo a su paso. Los locutores decían el nombre de un pueblo: Armero.
Recuerdo con claridad el rostro de una niña, Omaira, atrapada entre el agua y el lodo. Tenía los ojos grandes y negros, llenos de algo que, con el tiempo, entendí que era la mezcla más dolorosa de esperanza y resignación. Su voz suave respondía a los periodistas, mientras el barro le llegaba al cuello. Decían que, bajo sus pies, a pocos centímetros, estaba el cuerpo de su abuela o tía. Ella lo sabía, y aun así seguía hablando, como si mantenerse despierta fuera su manera de resistir al destino.
Yo no podía apartar la mirada. No comprendía cómo algo tan hermoso como una montaña podía causar tanto dolor. Esa noche, por primera vez, sentí miedo de la naturaleza, pero también una profunda curiosidad. ¿Por qué el volcán había despertado? ¿Por qué nadie había podido salvar a esa niña?
Con el tiempo supe que aquel volcán tenía un nombre majestuoso: Nevado del Ruiz. Y también comprendí que detrás de la tragedia había silencios, advertencias no escuchadas y decisiones que no se tomaron a tiempo. Esa mezcla de dolor, impotencia y deseo de entender fue lo que me llevó, años más tarde, a estudiar los volcanes. Quise aprender su lenguaje, descifrar sus señales, y hacer todo lo posible para que nunca más una niña como Omaira tuviera que esperar en vano entre el barro.
Hoy, después de tantos años, sigo viendo su mirada en mi memoria cada vez que estudio un sismo o analizo la señal de un volcán. Aquellos ojos negros no son solo un recuerdo; son un llamado. Un recordatorio de que detrás de cada dato, de cada mapa, de cada alerta, hay vidas que confían en que sepamos escuchar a la Tierra antes de que vuelva a hablar con furia.