El despertar al riesgo sísmico de la Ciudad de México

Iván Salcido, 54 años

Existe una fecha que le pone los nervios de punta a los habitantes de la Ciudad de México, incluso unos días antes de su llegada. Se trata del 19 de septiembre, el día en que un riesgo que siempre nos acompañó y que minimizamos por décadas, se hizo presente de la manera más contundentemente posible.

Hace cuarenta años, en aquel jueves negro del 85, los capitalinos comprobamos el peligro de la combinación de una zona sísmica muy activa con un suave y pésimo suelo, integrado por arcillas cargadas de agua, producto de la desecación de un lago sobre el que fue construida la capital, resultando en una base que amplificaba las ondas sísmicas y las potenciaba, a pesar de que sus epicentros estuvieran a varios cientos de kilómetros de distancia.

Este factor se comprobó en 1957, cuando un temblor cobró la vida de decenas de personas, que fallecieron en edificios de hasta cinco pisos de altura que, según los reglamentos de la época, no requerían refuerzos sismo resistentes ni mucho menos supervisión durante su construcción. Una ley que quizá se inspiró en que algunos especialistas de la época aseguraban que esa gelatina sobre la que fue levantada la ciudad, funcionaba como un amortiguador natural contra los sismos, basando su teoría en que siempre temblaba y nunca ocurrían desastres como los sucedidos en San Francisco o Yokohama. Incluso alguno llegó a declarar que los daños no fueron mayores gracias a ese factor, mientras que la gente abarrotaba los templos en busca de la misericordia de Dios.

Unos años después, en 1979, un terremoto derribó a la Universidad Iberoamericana, suceso que se atribuyó a la mala suerte o a que quizá estaba mal construida, sin surgir la menor explicación técnica del motivo de su colapso.

Finalmente llegó el sismo del 85 que vino a cambiarlo todo. El peor temblor en la historia del país, sucedió en una época donde la protección civil era inexistente, no se efectuaban simulacros, las brigadas de rescate eran insuficientes y carecían de equipamiento, el gobierno no contaba con un plan para atender una emergencia sísmica y, lo más grave, la gente desconocía el riesgo y no tenía idea de cómo actuar ante un sismo mayor.

Fue necesario que transcurriera un tiempo mientras sanaban las heridas para comprender que vivíamos bajo una bomba de tiempo que detonó aquel 19 de septiembre. La naturaleza había mandado sus avisos y pocos fueron los que comprendieron esos mensajes, los aprendizajes de las experiencias pasadas no permearon en la población, así que los resultados fueron devastadores: miles de vidas perdidas y cientos de edificios colapsados.

El despertar al riesgo sísmico ocurrió en 1985, pero ha requerido de más llamados de atención, debido a que el tiempo genera el olvido y es la naturaleza la que se ha encargado de recordarnos ese peligro, coincidentemente y para que el mensaje sea claro, durante otros dos diecinueves de septiembre.