El carpintero de los óbitos
Pedro Mercado Carillo, 68 años.
Después del temblor, no veía la forma de ayudar a sacar cadáveres. Sin embargo, un anuncio en el radio pedía que quienes tuvieran madera y supieran de carpintería, ayudaran a hacer ataúdes en el estacionamiento de la Cámara Nacional de la Industria de Transformación (Canacintra). Entonces me llevé mi herramienta.
Cuando llegué éramos unos cuantos, y poco a poco se fue llenando de carpinteros. Fueron llegando camionetas con mucha madera, de distintos tamaños y medidas; se hizo una fábrica de ataúdes. Llegaban camionetas y se llevaban estos ataúdes al estadio de béisbol, donde estaban concentrando los cadáveres para que los familiares pudieran enterrar a sus víctimas. A mí me conmovió mucho que de repente llegaron unas señoras, instalaron una cocina, nos dijeron que sabían que estábamos trabajando y nos llevaron de comer. Fueron varios días de arduo trabajo y, tristemente, nos enteramos que muchas personas, a fin de cobrar seguros, se llevaban cadáveres que no correspondían a sus familiares.
La Universidad Nacional Autónoma de México hizo un inventario fotográfico de los inmuebles dañados en la colonia Condesa y Roma, el arquitecto Álvarez Ordóñez me pidió que fuera yo quien tomara las fotos. Teníamos papeles para entrar en las zonas acordonadas por los militares y fue espeluznante ver los edificios caídos. Recuerdo una escuela donde la losa fue sostenida por los pupitres y quedó expuesta la vista de este edificio, porque toda la fachada se había caído. También recuerdo mucho un edificio que parecía que lo escupió la tierra, como si le hubiera aventado. Sin embargo, sus columnas no estaban fracturadas ni se le veían daños, vías del trolebús hechas nudo… Ante tanto desastre me terminé el par de rollos de fotografía y fuimos a Palacio de Hierro a comprar, ahí vimos señoras “fashion”, vestidas elegantemente como si nada hubiera sucedido. Fue algo que se me hizo muy triste, muy deshumanizado.