Daño colateral

Abraham Pizarro López, 69 años

Funcionario sin derecho a vacacionar. Marzo estival mil novecientos ochenta y cinco, sábado dos de marzo, el trabajo extenuante agotaba mi paciencia. La noche calurosa echaba en mis sentidos la simiente de una extraña sensación indescifrable.

La mañana del domingo tres de marzo mi madre y yo desayunando en aquella antigua casa del casco histórico de Santiago, casa que sus patrones vacacionales habían dejado bajo su resguardo. Casa de pasillo largo y habitaciones de cielos altos, argumento, antiguamente el ambiente se calefaccionada con carbón y los gases tóxicos se iban hacia arriba. La tarde avanzaba tic tac el viejo reloj de péndulo cliqueaba las dieciocho horas clavadas. Mi madre en el quehacer paranoico de asear, abrillantar imágenes de bronce y ordenar aquel living que semejaba cancha de tenis. Yo extrañamente inquieto.

Diecinueve treinta horas, la tarde iba lentamente dando paso a la incipiente noche. Yo en el portal de la casa apegado al muro de ladrillo, (no entendí ni aun entiendo) ladrillo en el frontis y adobes hacia tras de toda la construcción. De vez en vez volteaba la mirada hacia dentro al fondo del pasillo, mi madre afanosa se cruzaba, desaparecía.
Frente de la casa cruzando la calle Cauquenes, a pasos, la iglesia de la comuna Quinta Normal con uno que otro feligrés que entraba y salía. En el centro la típica plazita punto de encuentro de vecinos, niños y palomas.
Diecinueve horas con cuarenta y cinco minutos.

Un estruendo escalofriante, macabro, seguido de un evento telúrico de magnitud terremoto hizo que la robusta pared zigzagueara cual borracho. Tuve la inmediatez de pararme en el dintel de la puerta llamando a mi madre que me observaba desde el fondo del pasillo, aterrorizada, paralizada. Creo le grité saliera y ella a duras penas entré bamboleos caminó hacía mí. En mitad del trayecto las paredes cedían iniciándose un quiebre horizontal como un rayo desde la puerta hacia el fondo del pasillo.

Mi madre llega, los escombros caen, se inicia el derrumbe, la abrazo en el dintel del portal, mi madre es abatida por un objeto pesado, sangra su cabeza, la cubro con mi escuálido cuerpo, estalla el pasillo que cae exhalando un resoplido violento que me impulsa como brizna volátil hacía la acera, los escombros de la gran pared rápidamente me cubren.

Moriré, elucubro bajo los pesados escombros, instintivamente rezo un padre nuestro, en mi boca un “ulpo” espeso de sangre, polvo y tierra me priva de respirar. Los minutos parecen días de invierno largos y oscuros.
La respiración entrecortada disminuía sus frecuencias, moriré, pensaba.

¡¡¡De pronto una voz estruendosa !!!Aquí, vengan, ayuden, una persona¡¡¡ escucho el sonido de peñascos que se extraen y el peso en mi espalda disminuye, me enderezan, recuestan en el pavimento de la calle, percibo desde allí a mi madre ensangrentada que es también subida a un vehículo.