Cuando la orilla del mar habla

Sherry Puga

Algún científico de la Universidad de Chile que opine: ¿Puede alguien presentir un desastre natural? ¿Las zanjas a la orilla de la costa indicarán algo antes de un terremoto?

No temía a los sismos, me ponía en alerta, sin pánico. Viví terremotos en Santiago siendo muy niña. 28/03/1965; 8/7/1971, 23:04 h, M7.8, La Ligua. Este arrastró mi cama en la habitación, bloqueando la puerta. No podía salir. En 1985, muy destructivo, epicentro en Valparaíso. En Santiago cayó prácticamente todo lo de adobe. Pero no quedé traumada, solo hasta que llegó el 27/F, 2010, originado en la zona del Bío Bío. Este terremoto hizo cambiar mi percepción de los azotes de la naturaleza, me anticipó el horror.

El día viernes 26/F salí temprano del trabajo. Caminé al sol, con destino a realizar unas compras, que desistí, porque sentí algo muy extraño. No sabría decir qué era, ¿el sol, el viento? Solo quería irme a casa.

Una semana antes estuve en Curanipe, vacaciones. Casi todos los años iba a esta playa. También pasaba por Pelluhue, Cauquenes, Maule. Me encantaba meterme al mar, a pesar de ser muy helado. Era mi objetivo, primera vez que no quise hacerlo, mi familia insistió. Regresé a Santiago, fui al litoral central. Con el fin de poder bañarme en el mar, estuve en Playa Chica de Cartagena, había una especie de zanja, unos 40 cms. de profundidad, que se pronunciaba por toda la orilla. La observé, pensé que alguna máquina la hizo. Pero no, quise entrar al agua. Me fui a Playa El Canelo/Algarrobo, tenía la misma zanja. Entonces, tampoco quise entrar al agua. Era lo más extraño, no lo vi nunca antes. Sentí un rechazo por entrar al mar. Hasta en invierno me mojaba los pies en la orilla. Preferí regresar a Santiago. Pronto tendría que volver a mi trabajo.

Es decir, una semana antes yo estaba en la playa. Y aquel viernes 26 sentí una especie de temor o angustia. En familia, dije no me dejaran sola. Le pedí a marido que no fuera a trabajar el sábado 27. Yo tenía miedo, no sabía de qué. Mi hijo me reprendía, porque él pensaba que me comportaba como una niña.

Los viernes siempre me dormía temprano, estaba cansada, pero no pude dormir. Ya muy tarde, estaba casi entrando en el sueño cuando sentí el ruido, el movimiento. 3:34 am, me levanté muy rápido y empecé a abrir puertas, primero la principal, luego, en medio del temblor, avancé por el pasillo para abrir la puerta trasera. No era tan fuerte, pero luego se puso horrible. No podía sostenerme, estaba afirmada del pilar y el muro. De los techos se levantaba una nube de tierra y vi unos gatos correr despavoridos; unas alumbradas gigantes en el cielo. El terremoto era muy grande. Entré en pánico y regresé con mucha dificultad, me cayeron cosas encima, pero llegué a las habitaciones donde me encontré con mi marido y mi hijo. Nos abrazamos. Cayeron muebles completos, mucha loza quebrada, ruido infernal, todo oscuro. El terror y sensación de muerte que me embargaban eran espantosos.

Estaba segura que lo más grande fue en Santiago, pero no. Toda la noche hubo réplicas. Después supe lo del maremoto y el epicentro. Curanipe y Pelluhue, las hileras de casas más cercanas a la playa, fueron borradas por el mar.

Solo al mes me dejaron ir. Llevé la ayuda que más pude. Vi cerros de escombros, casas de adobe de Cauquenes con daños graves y muchas caídas. Ahí tomaba la carretera, a la costa, el camino con grietas.

Mi terror anterior tenía un fundamento. La muerte que presentí, estaba allí. Jamás olvidaré a la mujer, que no conocía, de Mariscadero, en Pelluhue. Me abrazó fuerte. El mar se llevó a su madre, a su hijo y la casa. Solo quedaron fierros cortados a ras, torcidos por el mar.