Churruca
Andrés Vergara Alarcón, 47 años
El 3 de marzo de 1985 salí de mi casa a las 15 hrs. con mi abuela, a visitar a una señora amiga suya que vivía en Alonso Ovalle, detrás de la Embajada de Brasil.
Lo habitual era que regresáramos a las 19:30 hrs., en micro. Pero ese día la hija de la señora se ofreció a ir a dejarnos en auto, y que saliéramos a las 20 hrs. Acordado eso, salí a la calle a jugar con los nietos de la señora, que estaban con sus amigos. En eso me piden que vaya a buscar una bicicleta adentro, para una competencia. Fui, la tomé –estaba apoyada en una puerta de vidrio que daba paso a un patio–, y en ese momento escuché una serie de golpes rápidos y fuertes en la puerta. Desconcertado, me quedé mirándola sin entender qué pasaba, hasta que otra hija apareció corriendo de la cocina, me agarró del brazo y me llevó al dormitorio principal.
Todo lo que recuerdo es ese ruido ronco, los interminables sacudones de la tierra, mi abuela abrazándome con fuerza contra su pecho, los rezos casi a gritos de las mujeres, mi llanto de miedo.
Apenas terminado, la hija nos subió al auto y partimos. Tomamos Ejército, Blanco y Exposición antes de llegar a la pequeña calle Churruca, donde vivía. Era un barrio de casas antiguas de dos pisos. Vimos a los vecinos afuera de sus casas, pero no a mi familia. Muy asustada, mi abuela corrió adentro. Vi a mi papá salir y abrazarme emocionado por la ventanilla. Lo único que le pedí fue mi peluche. Entró y salió con él, entregándomelo.
Tras una conversación de adultos, la señora nos recibió a mi abuela, a mi mamá, a mi hermana y a mí en su casa. Mi papá y mi hermano se quedaron cuidando que no entraran a robar. Estuvimos tres días, hasta que una tía que vivía en Ñuñoa en un departamento pequeño nos recibió de allegados. Allá permaneceríamos hasta agosto.
Yo era un niño de siete años, solitario, imaginativo, que esperaba el inicio del nuevo año escolar al día siguiente. No entendía tanto cambio, sólo me limité a seguir a mi familia. Me mantuvieron en el mismo colegio, así que ahora tenía que ir y volver en micro o liebre. Como era muy chico, me venían a dejar y a buscar.
De adulto, supe que nuestra situación económica en 1985 era tan crítica, que mi mamá se venía caminando desde Los Leones hasta mi colegio (calle San Vicente) para venir a buscarme, y así poder regresar en la micro 55 a Ñuñoa.
Nunca olvidaré la sonrisa de mi mamá cuando me recibía al término de clases.
Para llegar más rápido al colegio, tomábamos la liebre 1 Manuel Montt en Antonio Varas. Nos bajábamos en el puente Iquique y caminábamos por Churruca, era la ruta directa. Las casas permanecían en pie, cerradas, dañadas y solitarias. Un día vi la puerta abierta, y escuché martillazos desde adentro. Le dije a mi hermano que había alguien en la casa. Él se limitó a cubrir mi vista con su cuerpo y acelerar el paso. Después entendí que estaban derrumbando todo el barrio.
Siempre me va a dar pena recordar ese momento.
Ese domingo, yo salí después de almuerzo con mi abuelita, y jamás regresé a casa.