¡Atención a todas las estaciones! Esto es Armero

Testimonio de Zulay Bejarano, 42 años. Entrevista y transcripción: Johan E. Craig Santos

Estos recuerdos que aquí comparto provienen de las historias de aquella noche que me llegaron por medio de mis abuelitos y otros familiares que la vivieron, al igual que yo, que apenas tenía dos años y medio. Mis recuerdos son pocos, pero intensos; sin embargo, quienes me cuidaron recordaban más y hoy hablan a través de mí, porque ya no están, aunque sus voces aún me acompañan.

Aquella noche, a las 10:30 p. m., llegó José Luis golpeando la puerta, desesperado, pidiéndonos que saliéramos de casa con urgencia. Mi abuelita no quería irse sin antes dejar su casa en orden; no imaginaba la gravedad de lo que ocurría. José Luis —dice mi prima— aseguró que no iba a dejar morir a la hija de Margarita. Fue hasta donde yo estaba, me tomó en sus brazos y salió corriendo. Mis familiares no tuvieron más opción que seguirlo. Antes de irse para siempre de nuestro hogar, mi abuelita aseguró la puerta, aún sin comprender del todo el peligro.

Mientras esto ocurría en nuestra casa del barrio Protecho, mi madre, Margarita Bejarano Martínez, secretaria de la Defensa Civil, intentaba comunicarse por radio para pedir ayuda para su amado pueblo. Estaba en casa, lista para dormir, cuando cerca de las 10 de la noche una camioneta pasó a recogerla para llevarla al centro del pueblo y atender la emergencia.

«¡Atención a todas las estaciones! Esto es Armero. ¡El río se desbordó, el río se desbordó! ¡Por Dios…! Nadie me escucha, nadie me oye…».

Tal vez esas fueron las últimas palabras de mi madre. Ella nunca supo que, mientras alertaba al pueblo en medio del miedo y la desesperación, alguien salvaba a su familia, atravesando las calles inundadas para llevarnos a “El Mercadito”. Recuerdo los gritos, el estruendo y el caos, mientras José Luis, con el agua hasta las rodillas, luchaba por no dejar morir a la hija de Margarita.

Con los días llegaron los organismos de rescate. Mi madrina nunca permitió que me separaran de mi familia, incluso escondiéndome entre su falda, salvándome del destino que muchos niños perdidos sufrieron. Los estragos de la tragedia marcaron nuestras vidas: mi abuelito no volvió a encontrar trabajo y mi abuelita esperó hasta el final a que mi madre regresara. Yo crecí sin heridas físicas, pero con profundas heridas emocionales. No recuerdo la voz de mi madre, aunque sí su figura. Su voz sigue, en las ondas radiales, pidiendo ayuda, esperando que alguna estación responda.