A oscuras y sin emisión radial
Mauricio Velasquez Briceño, 65 años
La casa en que vivía había sido de mis abuelos. Luego, junto a mis padres y hermanos, seguí viviendo en esa casi mansión en la República Independiente de Playa Ancha: nueve piezas, madera y adobe, corredores con múltiples ventanas que daban una espectacular vista al mar, ¡si incluso hasta el ruido de las olas escuchábamos en la quietud de ciertas noches!
Ya para marzo de 1985, solo vivimos en esa casa mi esposa, mi hijo de casi dos años y mi hija, que pronto iba a cumplir el medio año de vida. Ese domingo fue un beso a cada uno de ellos. Era la una de la tarde y me iba a mi trabajo. Soy técnico en sonido, me había graduado un año antes y ejercía como radio controlador de una de las emisoras más importantes del país. En esos años, decían que era “la primera de Chile, la primera en noticias”.
Entre poner la música, contestar teléfonos, coordinar con el locutor de turno y conectarme con la matriz en Santiago, pasaban las horas. El café de las siete no podía faltar, a esa hora comenzaban las noticias desde Santiago. Por un poco más de una hora nos colgábamos a la transmisión central desde la capital. Un espacio de calma, un cigarrillo, una conversación con tu compañero de transmisiones. Ese domingo, y como todos los domingos, sólo éramos dos. Era un momento de “paz laboral”, momento que se aprovechaba gratamente.
Pero esa calma sólo duró justo hasta once minutos antes de las ocho de la noche. Mi espacio comenzó a moverse lentamente, los discos de vinilo comenzaron a golpearse y el vidrio tradicional del locutorio comenzó a vibrar. Luego era toda la oficina, bueno era casi todo Chile. Corrí hasta el sector de la cocina de los estudios de la radio, allí estaba el generador eléctrico que nos iba permitir seguir con las transmisiones. Lo eché a andar, lo dejé funcionando. El ruido que emitía era muy fuerte. Me fui al teléfono a llamar a mi casa, aún recuerdo el número de teléfono, y eso que ya han pasado cuarenta años. Era el 51506. Insistí un par de veces y milagrosamente logré comunicarme, era mi esposa: “Estábamos en la calle, los tres bien, no te preocupes, la casa al parecer nada le pasó, pero se movió, mucho, mucho”, me dijo. Al menos la casa estaba en pie. Solo una pared del fondo de la casa se había caído. “Espera ahí, no te muevas”, le dije. “De seguro mi padre llegará a buscarte y se irán a su casa (en Recreo, Viña del Mar)”. Aún vive en ese departamento. Así lo suponía y afortunadamente así ocurrió. Gracias, papá.
Terminé la conversación, sólo habrán sido dos minutos. Luego quise llamar a otros lados, no fue posible, ya toda la red estaba abajo. El alma me llegó al cuerpo, pero ya el generador no se escuchaba. Habían pasado unos cuatro o cinco minutos desde que comenzó el movimiento telúrico. Había podido poner en marcha lo que era para ese momento el corazón de nuestras transmisiones, pero se había apagado, ya no podíamos salir al aire.
Todo en silencio. Polvo y las sirenas de bomberos comenzaban a sonar. Era bombero, deseaba estar ahí, con mi gente, a sólo dos cuadras de mi radio, pero mi turno terminaba a la una de la mañana. No podía, no debía y no quería dejar de estar en la radio que más información daba. Más aún, sobre todo, en un momento tan caótico en donde la información era fundamental.
No hubo caso, el generador no partió. Incluso un compañero de bomba que harto sabía de estas cosas, que fui a buscar a mi cuartel, llegó hasta la oficina y tampoco logró lo que todos esperábamos. No pudimos sacar la radio al aire hasta más o menos las diez de la noche, hora en que llegó uno de los técnicos de la emisora, que logró solucionar el problema. Ahora el generador sí funcionaba, y ya estábamos comunicándole al Gran Valparaíso del sismo que hacía una dos horas atrás nos había afectado. Comenzábamos a llegar a todos los hogares y con la certeza que mi familia estaba segura, cobijada y, por cierto, escuchando a la primera de Chile, al menos en esos años.
Mientras las sirenas de bomberos no paraban de sonar, serían las tres de la mañana cuando llegué a mi cuartel. Hablé nuevamente con mi esposa, estaba bien ella, mis hijos y mis padres. Ahora vendrían largos días y horas de trabajo en lo que a bomberos se refería… la normalización de la ciudad. Comenzaba así, marzo de 1985.