Un día 13 de noviembre de 1985 una tragedia enlutó la nación colombiana. El volcán Nevado del Ruiz hizo erupción, sepultando el municipio de Armero por completo. Por ese entonces, Mario Villalobos Osorio, galardonado periodista colombiano con 35 años de trayectoria, tenía 15 años y cursaba 9º de Bachillerato. El impacto que este hecho causó en él, alimentaría el ímpetu de convertise más tarde en reportero. Hoy, 40 años después, publica el libro de investigación periodística “Armero, 40 años 40 historias” (Aguilar, 2025), donde el autor narra detalles inéditos de este desastre y, por qué no, ayuda a contruibuir a la construcción de una memoria compartida que aún resuena.
¿De dónde nace este libro, cuál es su vínculo con la tragedia de Armero?

La conexión es personal. Mi abuela materna era nativa de Ambalema, que es un municipio pegadito a Armero. De niño me contaba sus memorias sobre este lugar, que era como Disneylandia para ella, porque iba los fines de semana a ser niña, a correr, a jugar, a comer algodón de azúcar, a divertirse.
Cuando ocurrió la tragedia, me encontré a mi abuela viendo en televisión cómo Armero ya no existía. Lloraba porque no solamente perdió muchos amigos, sino por las memorias de su niñez, y eso para ella fue un dolor hasta que murió. Cuando falleció, nos pidieron que lanzáramos sus cenizas al río de Ambalema. De regreso de la ceremonia, encontré una valla de señalización que decía “desvío a Armero”. Ese mismo día nació el libro, que en el fondo es un homenaje a la memoria de mi abuela, a las 25 mil víctimas que dejó el volcán, pero sobre todo a los sobrevivientes que llevan 40 años esperando que el Estado les “ponga la cara”.
¿Cómo fueron los días posteriores a la erupción?
En el libro está el testimonio de varios periodistas y camarógrafos, y unas de las primeras cosas terribles que narran es el manejo de los cadáveres. Se estima más o menos que hubo 23 mil muertos en Armero y 2 mil más en Chinchiná. De esos, las autoridades identificaron 18 mil. Además, había una epidemia de gangrena gaseosa y otras enfermedades. Por eso hoy el camposanto de Armero, lo que sobrevivió del casco urbano, está lleno de tumbas simbólicas y de cruces en honor a las personas cuyo cuerpo no apareció o terminaron en una fosa común.
Después vino una situación terrible, que fueron los saqueos. Gente del propio Armero y pueblos vecinos como Ambalema, Cambao, Venadillo, Lérida, Herbeo, llegaron a robar casas y profanar cadáveres.




Luego comenzó una siguiente tragedia, que muchos califican de más odiosa, cuando el Estado creó una entidad que se llamaba “Resurgir”, destinada a atender la emergencia humanitaria y, por otro lado, reconstruir Armero en un nuevo casco urbano. No se hizo bien ni lo uno ni lo otro. La cosa fue tan terrible que hubo gente que se coló y se hizo pasar por armeritas (sobrevivientes de la tragedia de Armero), recibiendo ropa, comida y casa.
Cuando los armeritas de verdad, que estuvieron seis meses en un hospital, regresaban a su pueblo a pedir ayudas, ya no había. Nadie respondió por eso, no hubo un solo funcionario condenado por eso.
Existe un consenso en que este desastre socionatural pudo haberse evitado. A su juicio, ¿cuáles fueron los errores?
Sí, totalmente. La tragedia como tal no, porque la naturaleza no es evitable, pero el libro prueba que el volcán empezó a rugir en diciembre del ’84 y que entre marzo – mayo del ‘85 vinieron expertos de la UNDRO que concluyeron varias cosas. Primero, que la erupción estaba “a un hervor” y que no había un monitoreo efectivo. Estábamos observando el volcán con sismógrafos de papel, cuya lectura se enviaba a Italia y demoraba un mes en interpretar, entonces nunca tenías información en tiempo real, no había sistema de alerta ni muchísimo menos de evacuación.
En junio del ‘85, a cinco meses de la tragedia, las Naciones Unidas presentó estos informes al Gobierno de Colombia y hasta ofrecieron expertos y equipos. Pero Colombia se demoró 79 días en contestarle a la ONU y la respuesta fue increíble: “Nos interesa la ayuda, pero por favor páguenlo ustedes”.




Hay que decir una cosa en honor a la verdad, y no es que el Estado colombiano hiciera cero prevención, eso tampoco es cierto. Hubo perifoneos, entregaron volantes, hacían visitas, pero también la gente en terreno me decía: “Yo lo que veía era un volcán echando humo nomás, pero yo no estaba dispuesto a dejar mi vida, mi casa, mis vacas, mi ganado, mis enseres, mi carro, por un rumor”. Entonces, mucha gente supo que podría pasar algo y decidió no irse de Armero y no pueden responsabilizar al Estado por ello.
Fue una conjunción de cosas terribles, de situaciones funestas. Un volcán al que nadie “le paró bolas”, un Estado que no funcionó como debía y gente incrédula a que eso podía pasar.
Finalmente, ¿cuáles fueron los principales aprendizajes que dejó esta tragedia?
Desde lo institucional, se creó el Sistema Nacional de Gestión de Riesgo de Desastres, que hoy es la Unidad Nacional de Gestión de Riesgo de Desastres. Por primera vez Colombia tuvo una entidad seria presta a atender emergencias.
Sin embargo, el tema de la memoria es vergonzoso. Desde el año 2013 está sancionada la ley de honores de Armero, que destina recursos y sinergias institucionales para atender la memoria de los armeristas. Dos años después, en el 2015, se generó un documento que implicó que 17 entidades, desde la presidencia hasta los ministerios, debían trabajar en la memoria de Armero. Pero nunca pasó nada, es grotesco lo que ha hecho el Estado en el tema de abandono de la memoria, ni siquiera han recuperado el camposanto que se salvó; se las están comiendo la maleza, los animales, los árboles se tragaron las casas.
Solamente funciona una emisora de carácter comunitario que se llama Armero Estéreo. Existió un programa que se llamó La Oraloteca, que llevaban a los viejitos para que contaran cómo era el pueblo, las fiestas patronales, los cultivos, los clubes sociales de Armero. Y lo más inaceptable, el tema de los niños perdidos, por los que el Estado jamás ha respondido.
Entonces la nuevas generaciones está en la obligación de saber qué pasó. ¿Cuál es mi último sueño con el libro? Que la gente se empodere, que se exija prevención en los sitios donde hay riesgo hoy.
