El terremoto no solo sacudió el suelo
Carlos Arce, 52 años
Mi nombre es Carlos. Tenía 12 años cuando ocurrió el terremoto de 1985, un evento que marcó muchas vidas de varias formas. Ese día, estaba en la casa de la abuelita Coca, la abuela de mi primo Coke y suegra de mi tía Cecilia, quien es hermana de mi papá. Era finales de febrero, y el verano comenzaba a despedirse. El sol caía lentamente, y nosotros, disfrutando de los últimos momentos, salíamos de la piscina y nos secábamos sobre el pasto.
Estaba descalzo, con mi traje de baño, cuando sentí que la tierra bajo mis pies comenzaba a moverse. No era un temblor común, era algo distinto. El suelo se sentía líquido, irregular, como serpenteando. Y el ruido inusual, gutural, profundo y sordo. Miré hacia la piscina y vi cómo el agua se agitaba violentamente, formando olas que rompían contra los bordes y salpicaban fuera de ella. El ambiente se llenó de gritos, llantos y el sonido de cosas cayendo, vidrios, latas, todo lo que el terremoto movía con fuerza implacable.
Desde el patio, miré hacia la calle. Los postes del tendido eléctrico se balanceaban de un lado a otro, y los cables se cortaban, lanzando chispas al aire. Parecían fuegos artificiales de año nuevo, pero atemporales, fuera de tiempo, equivocados. “¡Ayyy, Señor!”, gritaba la abuelita Coca, mientras la paila de huevos caía al suelo y el pan rebotaba sobre la mesa. La tía Cecilia trataba de abrazarla, pero no podía parase de la silla.
Más personas comenzaron a llegar al patio, buscando refugio. Nos agachamos, nos arrodillamos en el pasto, tratando de mantener el equilibrio. “Ya va a pasar”, “Tranquilos, ya está pasando”, decían, pero no era cierto. El terremoto seguía fuerte sacudiendo todo. Fueron dos minutos.
Durante esos dos minutos, todo se movió: el agua, la tierra, el aire, la comida, los planes, los miedos, las promesas. Nada quedó en su sitio. Cuando finalmente paró, el silencio que siguió era denso, nos buscábamos con miradas, nos contábamos si estábamos todos, sin hablar.
El terremoto ocurrió cuando comenzaba mi adolescencia y no sólo sacudió el suelo. Pasaron varios años para volver a sentirme firme y seguro, con los pies en la tierra.