El del 85’
Héctor Solórzano, 45 años
Era niño. Tenía siete años. Recuerdo los mitos que existían en torno a los terremotos. Me daban miedo los relatos, las historias. Que se abriría la tierra, que nos tragaría a todos, que luego se saldría el mar, que serían cien metros de ola.
Cada verano viajaba a la quinta región, la tierra de mi madre. Íbamos con ella. Mi padre se quedaba solo disfrutando en el norte. Me encantaban esos viajes. Nos quedábamos en la casa de mi abuelo, en San Pedro de Quillota. Todo era verde, había muchas abejas y animales. Lo pasaba bien, veía a mis tíos, primos. A las niñas yo les caía bien.
Los primeros días de marzo la familia se juntó para el cumpleaños de mi abuelo. Fueron todos, sus hijas, hijos y todo el cúmulo de nietos, de los cuales yo era el mayor. La casa estaba llena. En el living, la mesa para comer. En el jardín, bajo la parra, las bebidas y los dulces.
Como era común, nos sentaron primero a los niños para cenar. Luego vendrían los adultos. En eso estábamos cuando, de a poco, comenzó a moverse todo. No tengo claro cuándo ni cómo pasó de un leve movimiento y un tremendo remezón, pero lo cierto es que los adultos nos tomaron a todos, nos abrazaron y nos pusieron en medio de sus cuerpos. Y así, como un solo grupo de personas, fuimos avanzando hasta llegar al jardín, bajo la parra. El terremoto estaba desatado.
Entre el movimiento, mi abuelo volvió a entrar a la casa para tirar la tele nueva sobre la cama. Lo logró. La Carolina, mi prima, recibió un ladrillo en la cabeza, se le partió. Mi tía Olivia cayó desmayada. Por suerte mi tío Lucho alcanzó a poner una silla en su espalda. Entre el caos, apareció la vecina Alicia con una botella de ‘agua de las carmelitas’. Mi tía Virginia se la quitó y se la tomó toda. Durmió nueve horas. Mi mamá no paraba de llorar y de rezar.
Yo estaba en schok. Veía todo como en cámara lenta. Nunca había sentido tanto miedo. Miraba cómo caía el techo, cómo gritaban las personas. Mi único alivio era la lejanía del mar. Me ordenaron salir al patio, un amplio espacio de pasto, membrillos y ciruelos. Mi abuelo dijo que nos tiráramos al suelo. De inmediato pensé que la tierra nos iba a tragar. Me cayeron cientos de ciruelas encima. Un chancho se tropezó con mis piernas. Me dolió. Me puse a llorar.
Mi tío Lucho, el héroe de la infancia, llegó a calmarnos. Me dijo que a las niñas les gustaban los valientes, que no llorara y que ayudara a cuidar a las guaguas. Me dio como vergüenza, me recompuse y comencé a reunir a mis primos más pequeños. La Carolina no paraba de sangrar. Le amarraron un paño en la cabeza. Pobrecita, lloraba porque, según ella, iba a quedar pelada.
De pronto, todo dejó de moverse. La mayoría de las personas se sentaron o se acostaron en el suelo. Efectivamente la tierra se abrió, pero como cinco centímetros. Nadie fue tragado, los animales se escondieron. Me di cuenta de que, al terminar el terremoto, había anochecido. Fue como una transformación geográfica y climática. No solo tiritaba por el susto, sino también por el frío. Yo solo quería volver a Arica y estar con mi papá, nada más. Él hubiese estado muy calmado.
Pasó un rato y nos juntaron a los niños en la casa de al lado, la del Sr. Copa. Tenía el living más grande del pueblo y dos baños con acequia. Todas las demás casas de la calle Galo se cayeron. El rancho del Chilingo se vino abajo, lo aplastó a él y a los caballos, todos murieron. Murió también el toro de don Armando. Dos días antes ese toro me había perseguido. La Candy, mi polola de esa época (sí, yo era pololo desde chico) se esguinzó el brazo. Apareció más tarde con un cabestrillo. Sin duda el más afectado fue el Pejerrey. Se cayó su casa, fue aplastado por un muro y, en medio del sismo, le robaron el tractor. Entre ocho personas le sacaron la pared de encima. El pobre estaba todo quebrado.
En la casa donde nos juntaron sentíamos las réplicas. Fueron muchas, demasiadas. Las señoras nos decían que alguien se había pegado en la cabeza. Yo sabía que era mentira. Pusieron colchones en el suelo e improvisaron una larga lista de camas. Hicieron fuego afuera y comenzaron a hervir leche. Hicieron pancitos de jamón-queso y se juntaron todos a tomar café y vino. A nosotros nos dieron mamadera. Yo me negué y salí a tomar leche en taza afuera con los grandes. Todos tenía una gran historia que contar. El rumor era que en Valparaíso se había salido el mar y que la Quinta Vergara había desaparecido. Parecía el fin del mundo.
Al día siguiente, en la mañana, mi tío Raúl, a quien le decían ‘giro sin tornillo’, se puso a arreglar el techo. Mi tía Eva entró a la casa a rescatar la tele para ver las noticias. Mi tía Virginia despertó desorientada. Mi abuelo fue a la parcela a revisar que todo estuviera bien. Yo fui con la Candy a mirar el canal. Se había desbordado y había peces tirados en la orilla. Nos sentíamos sobrevivientes de una gran catástrofe, como que éramos la noticia nacional. Nos prometimos escribirnos cartas cuando entráramos a la escuela. Ese fue el último verano que nos vimos. En julio de ese año, se fue con su familia a Canadá.
Tres semanas después del terremoto volvimos a Arica con mi mamá. Mi papá nos preguntó cómo la habíamos pasado. Hubo un largo silencio.
Dos años después de ese suceso, estaba un día con mi madre y una vecina en el terminal del agro, en Arica. De pronto comenzó a temblar. Mi mamá y la vecina se desesperaron. Yo me sentí con experiencia. Mientras todo se movía, miraba hacia arriba y a los costados. No me cayó nada encima, salí caminando y sin llorar. Mi papá llegó a buscarnos. Le dije que se había tardado.
Esa misma noche, tipo una de la madrugada, tuvimos que arrancar al cerro porque supuestamente se salía el mar. Falsa alarma. Cuando volvimos a la casa, me dormí pensado que, cada dos años, algo iba a pasar.